Divina Hierática (Saga Elf O’Goso, III)

por Glorika Adrowicz

Jamás un mal gesto había hecho mella en aquel rostro que tampoco se había dejado sorprender en uno bueno. Como era su derecho, había solicitado una segunda vuelta y luego un recuento de votos de la Asamblea Divina, sabedora de que no modificaría un ápice el resultado –imposible ignorar los esfuerzos que todos hacían por contener su regocijo, las toses que disimulaban las risas de los menos disciplinados–. Había aceptado su nuevo atributo como Diosa del Humor y, desde entonces, eones atrás, había emprendido la tarea cotidiana de Escucha de Plegarias y Quejas con toda la voluntad minuciosa que ponía en sus propias Plegarias, Quejas y Sugerencias al Actual Señor del Panteón –en el que no depositaba la más mínima confianza como Deidad, empeñado como estaba en sus maniobras educativas sobre los pueblos mortales de las llanuras del mundo sublunar. Podía ver al Resto de los Dioses del Panteón enfrascados en pueriles y estériles juegos, en sus chanzas apenas disimuladas cada vez que la plegaria de un alma atormentada por el anhelo de la risa buscaba su ayuda y su consuelo; aquellos espíritus celestiales habían olvidado la terrible responsabilidad que tenían frente a aquellos seres infradivinos que por casualidad los habían encontrado y reconocido como superiores; debían ser no solo un modelo de conducta, sino aun una constante aspiración, por más vana que esta fuera (un humano es un humano, al fin, si no una lombriz); el Actual Señor del Panteón, el Sagrado Escarabajo, Portacaquitas, quizá lo intuía pero era incapaz de renunciar a sus propias ideas pedagógicas, por más que ella trataba de mostrarle el camino (origen, medios y fin).

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Portacaquitas (Saga Elf O’Goso, II)

por Glorika Adrowicz

Al Actual Señor del Panteón le gustaba mostrarse en aquella forma, dechado de virtudes en que ansiaba educar a sus adoradores. Honesto, laborioso, cabeza de familia, el Sagrado Escarabajo se paseaba por la cercanía de los poblados empujando su bola de estiércol para admiración de mayores y regocijo de niños. Bien es verdad que las culturas más curiosas, las más metódicas en sus investigaciones naturales, jamás habían llegado a comprender la utilidad de aquellas fatigas, toda vez que Portacaquitas –así era denominado por aquellos descreyentes– se veía obligado a abandonar sus bolitas tras lo que él consideraba su misión pedagógica, pues su esposa Susurro de Viento, Diosa del Trueno, del Rumor de las Lenguas Enfermas y de Otras Varias Gracias, jamás se había dignado acometer tan esforzada tarea, ni fingir siquiera que ponía huevos en la bola de la que aquellos debían alimentarse tras eclosionar. Pero el Actual Señor del Panteón, cuyos nombres tapizarían el cielo si alguien se tomara la molestia de encontrar la forma de escribirlos allí y el trabajo de hacerlo, se mostraba pragmático y realista, consciente de que no se podía llegar a todo el mundo, y daba su tarea por buena siempre que escuchaba una plegaria en la que alguien agradecía, al menos, que los dioses le hubieran concedido forma humana y no le hubieran castigado a aquella existencia vil de la que, sin embargo –añadía–, tanto había aprendido.

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Material: asonantes y consonantes (rimas)

Durante el Día 6 del Año I se nos ocurrió llenar el aula de estas palabras que encontrarán a continuación. Ellos iban arrancando las mismas de las paredes y debían colocarlas en la columna de «asonante» o «consonante» según la rima que tuvieran con relación a una palabra pintarrajeada en la pizarra. Los participantes debatieron, en algunos casos, acaloradamente sobre si una era de un tipo u otro…

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