La profundidad del sombrero

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

Había pasado de las diez de la noche cuando las hojas secas se rebalsaron de la mesa del comedor. Ese movimiento gravitatorio y aglutinante era el pan de cada día en la casa de Luis, como lo era el malestar de su gato, que había establecido su zona de descanso en las faldas de aquel derrumbe nocturno.

Con el primer maullido, las luces se encendieron y Luis empezó su tarea diaria de recoger las hojas dentro del sombrero negro, útil instrumento que su padre había dejado tras esa épica borrachera que lo empujó a la muerte y de quien nadie había vuelto hablar (hasta podría decir que se lo heredó, pero personalmente no entiendo herencia sin intención).

Cabe mencionar que Luis no bebe y experimenta un tic alérgico cada vez que pasa por algún bar.

Las hojas siempre eran demasiadas para deshacerse de ellas en un solo viaje y por lo general las escaleras del tercero al primer piso quedaban sembradas de naturaleza muerta; situación que permitía a la niña del segundo inventar las más disparatadas hipótesis.

Hasta el momento uno podría culpar a Luis de descuidado y equiparar su diaria labor a la de un necio, pero que no quepa duda de que cerraba afanosamente todas las ventanas y hasta en alguna oportunidad taponeó con periódicos el umbral de la puerta, pero aún así las hojas acababan llegando y llenando la mesa, haciendo desaparecer apuntes y hasta en una oportunidad un set completo de vasos.

Era algo a lo que acostumbrarse, tanto por su carácter decorativo, sobre todo en épocas navideñas en las que las hojas eran el mejor acompañamiento para el pesebre y alrededores, como por la imposibilidad de darle una solución.

Ahora el problema resulta ser el sombrero. Luis cada vez tiene mayores reparos en utilizarlo (solo lo ha hecho para recoger las hojas, pues siente que le pesa como si tuviera dos cabezas, la suya y la del padre). Cuando recoge las hojas jura sentir el tufo a ron y hasta parece que la tela humeara como si algo fumara desde dentro.

No puede usar otra cosa para ese trabajo, porque siente que para algo debe de darle uso, pero no es eso, la verdad es que es como un ritual, en el que le resta importancia al padre, en el que bota fuera todo lo que afuera debería de estar, pero siempre regresa. Al menos las hojas no viven en casa.

Son casi las diez y media de la noche, y aun sin el maullido del gato sale Luis de la habitación con el sombrero en mano. Las hojas dentro, luego al piso, algo pasa.

Ha desaparecido el fondo, la tela que hacía la función de red para esos seres tan movedizos, ha dejado de aceptar su propósito. Preocupado, se pregunta qué pudo haber pasado y, sin darse cuenta, ha metido la mano como quien quisiera descubrir el truco y alegrarse al sacar un conejo. La muñeca, el codo pasa y ahora la palma en el piso, la palma sobre las hojas secas.

El cementerio. Las campanadas del reloj dan las diez y treinta minutos, y él se ve en el cementerio al que nunca ha ido, se ve tocando las hojas que caen del árbol, la tumba de su padre, se ve tocando, acariciando su pelo cano y el gato a tu lado ronroneando, quedándose dormido.

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