Un caracol malasuertino

por Saic

Era un niño llamado Popi de doce años de edad. Un día estaba en la cama durmiendo y se despertó sobresaltado por un pequeño dolor en el oído. Se levantó de la cama y bajó a desayunar. Pasado un rato, le volvió el dolor. Su madre le preguntó qué le ocurría y Popi se lo contó. Entonces, ella le explicó que podía tener el caracol de la mala suerte. Ambos estuvieron hablando sobre el caracol durante una hora y media hasta que al chico le empezó a doler otra vez.

Salió a la calle porque hacía un día espléndido. Al cabo de un rato, empezó a nublarse todo el cielo y comenzó a chispear. Echó a correr para llegar a su casa pero, sin darse cuenta, pisó un charco y se hundió. Abrió los ojos y estaba en una ciudad subterránea inundada. Se le acercó un pez con unos pies gigantes con los cuales le dio una patada que le expulsó otra vez fuera de la ciudad. Estaba lloviendo, así que salió el doble de mojado; gritó hasta quedarse afónico. El niño pensó que ya era muy mala suerte en ese día. Se estaba haciendo de noche y el chaval llegó a su casa y se metió en su cama.

Al día siguiente, al dirigirse al colegio, se le empezó a caer todo el pelo de la cabeza. Llegó a su aula y todos le llamaron cabeza bolo, por lo cual Popi tuvo una reacción violenta y quiso pegar a todos los de su clase. Cuando se dirigía a golpear al primer chaval, los brazos no le respondieron. Como sus compañeros vieron que no hacía nada, se echaron sobre el pobre niño pero, como Popi estaba afónico del día anterior, no pudo gritar para que le ayudase el profesor. Al llegar este, empezó a preguntar la teoría del día anterior pero, cuando llegó el turno de Popi, como no podía hablar, no le pudo contestar; el profesor, como no le contestaba, le echó de clase y le mandó hacer de deberes todo el libro para el día siguiente. Cuando llegó a casa, su madre le esperaba para llevarle al médico y que le sacaran el caracol del oído. Estando en el médico, Popi se acordó de que tenía que hacer los deberes que le había mandado su profesor. Su madre le dijo que los haría cuando saliesen del médico, pero el niño insistió. Cuando salió, ya sin el caracol en el oído, volvieron a casa y Popi, aunque no pudo terminar todos los deberes, se metió en la cama.

Al despertarse, se percató de que el pelo le había vuelto a crecer. Ya en el cole, el profesor asumió que el castigo había sido excesivo y sus compañeros le pidieron perdón por las burlas.

Desde ese día, todo le salió mejor que nunca.

Así que ya sabéis: si veis un caracol, tapaos los oídos.

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