Resultado: «Segundo exilio»

por A. Blasborg

Miró una vez más el cielo despejado; las nubes de los días anteriores no le habían conducido a error, y la noche mostraba la exacta situación que él había calculado tras arduos estudios y observaciones, realizados bajo la lluvia y la nieve, la escarcha y el hielo de mil inviernos menos extremos que el presente. Pero sabía que aquello había sido la parte fácil. A medida que los cálculos progresaban, las infinitas direcciones posibles aproximaban paulatinamente el enclave exacto y, tras esa noche, no habría dudas; el Templo de Iyhalá Karos aparecería en el lugar marcado por la conjunción de todos los planetas. Solo tenía que esperar unas horas para que ese lugar le fuera revelado y, entonces, él partiría y se encontraría frente al Templo. Sí, pronunciaría las palabras memorizadas – la inflexión, el tono y la cadencia, tantas veces repetidas que su boca extraña a aquel idioma podía vivificarlas como el más metódico de los nativos -, la puerta se abriría, él caminaría al interior del Templo… y ahí acababa toda la información que el mundo exterior podía aportar. Buscar el manuscrito del Orden era un empeño destinado solo a aquel ser que supiera encontrarlo por sí mismo y tuviera el valor de dejarse encontrar.

Aunque sus ansias se resistían, su voluntad le obligó a un descanso. Todo aquello que podía hacerse se había hecho. La claridad de su misión iluminaba su espíritu atormentado por la espera y el miedo, hasta anegarlo en la prístina luz de la confianza. Si alguien, en aquel desolado planeta –o en cualquier otro donde las plegarias alcanzasen a los inconstantes dioses- merecía hallar el Manuscrito, sin duda ese alguien era él. Nadie había vencido a la muerte en más batallas nadie sino él había recogido los fragmentos dispersos de su dignidad racial y los había unido con hebras de voluntad para erigir nuevamente el orgullo perdido; nadie había ansiado más que él la huída de aquella prisión en que aquel planeta se había convertido.

Cinco de las lunas habían salido ya cuando se decidió a partir. Cogió dos caballos –o el equivalente a caballos de aquel planeta – y se abrigó contra el frío helador. Desestimando la prisa que su corazón le dictaba, extendió lentamente las alas y se lanzó desde lo alto de la torre. El calor de la sangre del primer caballo contribuyó a mantener su temperatura corporal los primeros kilómetros, reservando el segundo para el regreso. La limpidez del cielo estrellado le permitió en todo momento seguir la implacable evolución del último de los planetas hacia la conjunción, de modo que siempre fue consciente del tiempo y la distancia. El Templo aparecería en el momento exacto, y no debía ni caer en la precipitación ni permitirse el retraso.

Vio el lugar mucho antes de llegar a él. El monte se erguía solitario en medio de los llanos, y su cima plana dejaba intuir, para el ya avisado, el lugar donde tendría lugar el prodigio.

Descendió planeando durante varios minutos. El caballo, demasiado aterrado para huir, se petrificó junto al árbol al que fue atado. Solo restaba esperar. Si bien apenas fueron unos latidos, no supo reprimir la impaciencia, clavando sus garras en el suelo de cuarzo. El brillo de las cinco lunas quedó eclipsado cuando la alineación de los planetas alcanzó la perfección geométrica y su magia comenzó a actuar sobre él. Una luz pálida pero constante inundó la cima mientras parecía condensarse en formas más sólidas que siluetearon un edificio cuya arquitectura era ajena a ese mundo y a su comprensión; sombras fluyentes convergían en ángulos sinuosos e imposibles; perspectivas multidimensionales confirmaban y refutaban simultáneamente su percepción; ajeno incluso a su concepción de la locura, el Templo finalmente pareció determinarse a asumir su existencia en aquel plano y sus formas se constriñeron a una apariencia que podía acoger la razón.

No era momento para dudas. No se permitió el temor del olvido o del fracaso. Estaba allí. Era su momento. Había seguido el curso del pasado y en sus manos residía su futuro. Se plantó ante la puerta con la firmeza de su personalidad disponiéndose a acatar a alguien más grande. No era el último de su raza – aunque la degeneración del resto apenas permitiría reconocer la antigua gloria – pero se había erigido a sí mismo en la voz de todos ellos ente el dios. Más de mil años habían transcurrido desde la derrota en la guerra que había ocasionado su destierro, tiempo más que suficiente para que la justicia deviniera en crueldad, y ahora rogaría a Iyhalá Karos, dios de la Paz Impuesta, que les liberase de la pena y les permitiera retornar a su mundo, a su cálido hogar donde una vez habían sido Señores. Pero para ello debía hallar el Manuscrito del Orden y jurar sobre él que se someterían a aquellas normas que nunca habían respetado y que les convertían en traidores a su Padre maras Dokk y a sus hermanos en el Caos. Lo haría. No sin condiciones, por supuesto, pues su raza poseía su propia dignidad y su propia esencia, que no podría contravenir ni aunque quisiera. Pero sí había puntos de unión con aquel código que aceptaba la guerra en determinados casos y que justificaba la persecución del enemigo en otros muchos. Así pues, en un instante de concentración supremo, formuló el conjuro que le permitiría franquear la puerta del Templo.

Le sorprendió gratamente la ausencia de temor en ese momento supremo. Su voz había doblegado a las leyes físicas, creando una magia que la puerta comprendía y acataba. Todo se desencadenaba según lo previsto. Una oscuridad más negra que la noche lo atrajo al interior del Templo; una impresión de densidad ciñó su cuerpo, sin que pudiera decidir si se debía al aire enrarecido o a las tinieblas mismas; si no sonrió fue simplemente porque la fisonomía de su faz no se lo permitía; él era un ser del Caos, hijo de las Tinieblas del Maras, y aquello no iba a atemorizarlo. Aunque se había acercado allí como un solicitante, se permitió invocar una magia extraña que mejorase su situación. Una sola palabra, y la luz roja de su Padre convirtió la oscuridad en una penumbra más amenazante. Apenas le dio tiempo a acostumbrase a esa situación cuando de súbito todo el templo se iluminó con una luz hiriente que agotó a la vez su hechizo y su visión. Se dijo a sí mismo que era un castigo aceptable por no renunciar a su identidad. Paulatinamente, la luz fue perdiendo intensidad, de modo que sus pupilas recuperaron su función y empezó a hacerse una idea clara de donde se encontraba. Era una de las muchas posibilidades que había imaginado – pocas, en realidad, habían escapado a su enérgico, amplio y minucioso análisis – pero estaba lejos de ser la más propicia a sus intereses; al entrar, al dar sus primeros pasos, en los que la garra había arrancado estridencias a la piedra, el eco había devuelto esos sonidos, por lo que instintivamente se había sentido en medio de una gran espacio. Ahora, sin embargo, encontraba que apenas unos pocos pasos le separaban de las paredes que impedían su avance, seis paredes que cobijaban sendas puertas adornadas con diferentes runas brillantes. Observó detenidamente el lugar, escrutando incluso suelo y techo, de un marrón áspero y basto, antes de decidirse a avanzar o retroceder. Solo al cabo de un minuto, esto último dejó de ser una opción, pues la puerta de entrada se cerró lenta y firmemente. Ni siquiera se planteó volver sobre sus pasos. Si aquello se convertía en una prisión, no sería peor que aquella en la que había languidecido desde que las águilas de Karos les habían vencido, a él y a sus hermanos, y el mismo dios, bajo la forma de Thoromoroht, les había impuesto aquella terrible diáspora. Se tomó su tiempo para estudiar las puertas desde el lugar en el que se encontraba; su agudeza visual le permitía desentrañar cada giro de aquellas complicadas runas sin moverse del sitio. Tras mucho tiempo, comenzó a descifrar también su significado; conocía aquella escritura y había aprendido la lengua mucho tiempo atrás. Se tranquilizó al asumir que no iba a enfrentarse a la poderosa magia de los Alfens ni de los Augrei, sino a la mucho más rústica de los humanos. Aquella lengua pertenecía a la Corona de Sandor, al tiempo en el que Grishka había subyugado y gobernado a los reinos próximos al suyo, formando el Imperio de Haredor, el más poderoso de su tiempo, tanto que incluso los Alfens se habían visto obligados a abandonar Aotolin’n, el valle que les dio origen, escindiéndose en Elfos y Zulfos. Grishka había contribuido a su derrota, encontrando y devastando sus nidos, así como abatiendo a aquellos de sus hermanos obligados a posarse en tierra tras fatigosos vuelos de huída. No pudo reprimir una bocanada de odio cuando revivió aquellos tiempos. Pero el fuego de sus fauces no llegó a las puertas. Por otro lado, había temido encontrar, después de tantos siglos, que la lengua de los caducos humanos hubiera sufrido tantas alteraciones que le resultara imposible descifrarlo. Le reconfortó el pronunciar mentalmente aquel idioma simple y bárbaro. El mensaje no constituía ningún misterio en lo fundamental: de las seis puertas, una llevaba al Manuscrito y las otras a la perdición. No iba a rendirse ahora. Decidió acercarse a una de las puertas, la primera de la derecha, para comprobar que no existiera ningún otro mensaje más sutil. Quizá un hechizo de revelación mostraría más pistas sobre el camino correcto. Sólo había comenzado a pronunciarlo, cuando el suelo se abrió súbitamente, tan rápido que sus reflejos apenas le permitieron extender las alas; no obstante, el agujero debía estar pensado para un ser menos majestuoso que él, pues podía haber evitado la caída solo con adoptar una posición de cuadripedia, aferrando sus garras anteriores y posteriores a ambos extremos del hueco. No obstante, debía servirle de advertencia. Existían trampas. Debía tener más cuidado con sus movimientos a partir de ahora. Al observar las runas con más detenimiento, descubrió que siempre aparecían, contraponiéndose, la de su padre Maras Dokk y la de la Madre Naraendil, el Mal y el Bien en su forma primigenia. ¿Habían estado allí desde el principio, o solo como respuesta a su hechizo?

En todo caso, ¿por qué se había activado aquella trampa? ¿Se debía a su movimiento, al reconocimiento de una magia ajena, a un reflejo mágico de autoprotección frente a su conjuro o simplemente era una prueba que debía superar para continuar adelante? Podía detenerse a comprobar todas las opciones, pero decidió sin más que era la última y se dispuso a seguir. De modo que existían trampas; bien, él también podía jugar. Sacó su libro de hechizos y leyó el que le había franqueado en tantas ocasiones la entrada a castillos y granjas por igual. Una a una, las puertas se derritieron, desencadenando al hacerlo un infierno de torturas que asaltó su cuerpo y su mente en un registro que recorría desde las toscas flechas hasta sus más íntimos temores. Si bien la magia era inherente a su ser, casi lo agotó la defensa ante tales ataques. Mas la diversidad de frentes solo consiguió mellar su resistencia física; ni un resquicio en su voluntad. Pacientemente, casi como un reto, recorrió los siete huecos que había practicado en los muros, desdeñando todos los caminos que no conducían directamente al Manuscrito. Fue en la quinta puerta donde lo descubrió. Si hubiera vislumbrado una sala magnífica, como la que él mismo hubiera destinado a tal tesoro, se habría sentido defraudado, porque habría significado que no estaba suficientemente preparado en el conocimiento del dios. Por contra, aquella supuesta austeridad, aquella sala tapizada con sencillas telas marrones que representaban escenas aparentemente insignificantes para la gran historia, aquel simple atril que esbozaba un águila marrón, nada imponente, todo ello puso de manifiesto que sus años de estudio habían sido provechosos y que podía reconocer la presencia del dios en aquel lugar. Dio un paso, firme mas no exento de cautela, pero se detuvo nada más cruzar el umbral. Como si de pronto algo o alguien le hubiera arrebatado su esencia, sintió en lo más profundo de su ser que toda su magia desaparecía. Hubo un momento terrorífico en que a punto estuvo de retroceder –íntimamente convencido de que nada se lo impediría, de que era su elección, de que su vida continuaría igual -, en que todo el anhelo de libertad, de lucha contra su destino impuesto, se vio compensado por la desolación de avanzar sin aquello que lo había puesto por encima de las demás razas de Edeter, sin el don por el que otros le habían definido como su Señor, con poder sobre la vida y la muerte. Miró al suelo en el instante definitivo en que el vértigo le instaba a buscar un sustento sólido y firme, y descubrió la sutil filigrana de símbolos: Maras Dokk en su forma de Minotauro, Naraendil en su encarnación como Cisne Blanco e Iyhalá Karos presente como Thoromoroht enredaban sus runas en un entrañado mosaico que, sin embargo, él supo pautar de una sola mirada. No necesitaba su magia para hacerlo. Su destino era el manuscrito y solo había un camino para llegar a él. Sus rugidos se extendieron más allá de la sala, más allá de los corredores, más allá de las dimensiones que recorrían el templo, hasta que los mismos dioses no pudieron ignorar que una nueva urdimbre irrumpía en el tapiz del Cosmos.

Cuando hubo agotado las muestras de su inútil exasperación, Krehilaten, el Señor de los Dragones, el hijo predilecto del Caos, avanzó sobre el único sendero que le restituiría la libertad. Las garras poderosas en comunión con las garras de Thoromoroht, dejando de lado ambos extremos. Garra a garra, llegó hasta donde el Manuscrito del Orden reposaba.

Ya casi todo había sido hecho: la derrota, el castigo, el camino, la renuncia. Solo restaba formalizar el contrato por el que pasaría a ser un subordinado de Karos. Se movía con gestos precisos, casi automáticos, que evidenciaban el desapego emocional hacia el rito. Alzó el libro y comenzó a leer.

La desesperación soltó el libro – que flotó de vuelta a su lugar de reposo – e hizo que su cuerpo se tambalease bajo el peso de las palabras. Si hubiera estado en sus manos, aun el mundo habría destruido. Pero ahora no tenía potestad ni para destruirse a sí mismo. Con una repugnancia que lindaba con la locura, sintió como la magia retornaba a su ser; pero junto a su propia magia venían también otras magias, magias que como el mismo templo poseían múltiples dimensiones y que portaban otras esencias ajenas y anteriores, otras claves de existencia que complementaban la suya, aunque a veces le pareciera que más bien le desgarraban.

Y cada contribución le hacía más evidente el nuevo rol que le tocaba jugar.

Había querido escapar a su prisión; había deseado regresar a su origen. Y, en algún plano de existencia, lo había conseguido. Pero ahora sabía el precio pagado por ello. En ningún momento nadie lo había mencionado, o no habría aceptado. Había querido escapar. Y no había escapatoria. Era el Guardián. El Guardián del Templo de Karos. Y lo sería hasta que el mismo dios fuese vencido o el final del Tiempo ultimara su exilio.

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