Extra: ¡todos los audios de Lee Los Lunes nº 03!

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El caracol que cambió

por Yasmina

El caracol Óscar ya vive en otra parte del bosque. Se levanta y dice: «¿Por qué no cuento otro chiste? Caracola, cara de cola. ¡Jopé!, otra vez el mismo chiste, por eso mis amigos me odian. Bueno, voy a desayunar pétalos de flores.» Entonces salió a dar una vuelta, solo y aburrido. Volvió a casa y dijo: «Bueno, voy a coger la cesta de picnic» y cogió pétalos de flores y zumo de flores. Salió al campo y debajo de un árbol encontró un libro que se titulaba Un look más famoso. Cogió el libro y la cesta y se fue corriendo a casa. Abrió el libro y estuvo leyéndolo casi toda la noche.

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I

por Elena Rincón

Te digo: o somos piel o somos huesos.
No somos más.
Piel qué necesita del aire; nada.
Huesos locos por sus «huesos».

–¡Llévame contigo, que no conozco otro camino que el de la escarcha que quema!
–¡Suéltame –me grita el viento–, ya estoy harto de silbar sonatas de un solo movimiento!

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Guerra entre hermanos

por Diego y Jomra

En una tierra lejana habitaban, en el pequeño reino de Armagedón, unas cuantas personas lideradas por un rey muy noble, llamado Jonás, que era joven y apuesto, con ojos azules como el agua marina y cabello rubio como el oro. En ese pequeño lugar no había maldad, todo el mundo se respetaba, se ayudaba; en la calle principal siempre estaba Beje con sus ovejas, un anciano muy querido por los niños, pues siempre les contaba historias mientras subía al monte con su rebaño.

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Las dos orillas de un río

por Ferdy

«Maldita lluvia», pensó, arrugando la cara y refunfuñando. Metió las manos con fuerza en los bolsillos de la casaca amarilla, pisando fuerte por la acera. Con gusto se hubiese quedado en la cama, pero aquel día tenía algo importante que hacer.

El cielo estaba completamente cubierto, con un techo de nubes grises y pesadas. Era un día lechoso, sin sombras. Había una especie de niebla difusa, una lluvia fina que no caía sino que se deslizaba por el aire. Al poco rato de estar en la calle le calaba a uno por completo.

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Un día feliz

por Chus Rodríguez

Suena el despertador, pero hoy el sonido resulta agradable.

Como cada día, abro la ventana, el aire fresco entra y también el sol.

Este día siempre es soleado, no recuerdo un año en que esta fecha concreta haya sido fría o lluviosa. Quizá no sea del todo objetiva y lo recuerde, en algunos casos, mejor de lo que es.

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Las mandarinas mágicas

por Chus Rodríguez

Hoy también había gente en la frutería de la esquina, y es que esto era lo habitual. Elías y su padre tenían la mejor fruta de la ciudad; se decía que, si comías estos frutos, no padecerías ninguna enfermedad.

Mara había recorrido un largo camino para llegar allí. Se puso en la cola, estaba nerviosa, emocionada y ansiosa por comprar aquellas mandarinas «mágicas»; mientras esperaba su turno, su mente no podía parar de imaginar cómo sería aquel invierno después de tener aquella fantástica medicina natural y se decía: «¡se acabaron los catarros!». Tan absorta estaba en sus pensamientos, que no se daba cuenta de lo que realmente estaba pasando en aquel lugar.

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El carrusel

por León Seguro

Las hojas del otoño jugaban a la muerte en el viento parisino. La niña de los ojos grandes entró en la casa, apiló los troncos con una precisión excesiva, espolvoreó el contenido de la cajita sobre ellos y avivó con la súbita intensidad de su mirada el fuego que empezaba a crepitar. Ninguna de las múltiples sombras era él, sin embargo. No obstante, en ningún momento dudó de su palabra. Sabía que vendría. La plata de sus lágrimas se vertió por su rostro mientras los más antiguos recuerdos fluían lentamente. La risa, sencilla e inocente, lejos de combatir la tristeza, completaba el lienzo de su alma; ambas expresaban al unísono la complejidad de sus sentimientos.

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Sunshine of desperation

por Carla

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Comenzamos con la mayor comodidad, nos decían.
Nacimos del calor, de una vida melodiosa. Crecimos y aquí estamos, rompiendo las barreras del silencio y la lejanía.
Acercándonos, pero al mismo tiempo creando una estela de sueños rotos.
Ya ni caricias, besos…, ya no siento su mano acariciar mi pelo, rozando mis labios.
Lo veo desde lejos, le escribo y siento una sólida pantalla, un silencio que nos separa.
Uno más difícil de eliminar que el anterior.
Antes, las barreras las puso el mundo.
Ahora las ponemos nosotros y nuestras ambiciones.
¿Qué nos quedará después que la nada?

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Acciones mortales

por Elena Rincón y Glorika Adrowicz

La puerta del salón se cerró de golpe a las 3:23 de la madrugada. Gala sabía que era esa puerta, y no otra, porque la vibración del cristal central perduró unos segundos después del portazo.

Se levantó y se dirigió al salón tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a preguntarse qué podía haber cerrado esa puerta. Cuando su mano ya agarraba el picaporte que permitía acceder a la habitación más grande de la casa, recordó que esa noche estaba sola. Se asustó y, por unos instantes, permaneció detrás de la puerta dudando qué hacer. Intentó pensar con claridad. Luis, su marido, era enfermero y tenía turno de noche, por lo que era bastante improbable que hubiera sido él. «Quizá haya sido la corriente» pensó, pero no recordaba haber abierto la ventana. No dejó que el miedo la paralizara y por fin se decidió. Giró el frío picaporte y, lentamente, fue asomándose a la habitación. Recorrió con la mirada el salón escasamente iluminado, pero lo único que percibió fue un inusitado descenso de la temperatura que al instante provocó que un escalofrío recorriera toda su espalda. Los ojos de Gala se acostumbraron rápidamente a la luz de la luna, que cada vez, con mayor claridad, iba dibujando el contorno de todo lo que se encontraba en el salón. No encontrar ninguna razón aparente para que la puerta le hubiera despertado aquella noche desencadenó en ella una amarga sensación. Respiró hondo y dio dos pasos, sumergiéndose en la oscura habitación, con la intención de llegar al interruptor lo antes posible. Sin embargo, antes de alcanzar la deseada luz, algo la detuvo.

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