Guerra entre hermanos

por Diego y Jomra

En una tierra lejana habitaban, en el pequeño reino de Armagedón, unas cuantas personas lideradas por un rey muy noble, llamado Jonás, que era joven y apuesto, con ojos azules como el agua marina y cabello rubio como el oro. En ese pequeño lugar no había maldad, todo el mundo se respetaba, se ayudaba; en la calle principal siempre estaba Beje con sus ovejas, un anciano muy querido por los niños, pues siempre les contaba historias mientras subía al monte con su rebaño.

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Las dos orillas de un río

por Ferdy

«Maldita lluvia», pensó, arrugando la cara y refunfuñando. Metió las manos con fuerza en los bolsillos de la casaca amarilla, pisando fuerte por la acera. Con gusto se hubiese quedado en la cama, pero aquel día tenía algo importante que hacer.

El cielo estaba completamente cubierto, con un techo de nubes grises y pesadas. Era un día lechoso, sin sombras. Había una especie de niebla difusa, una lluvia fina que no caía sino que se deslizaba por el aire. Al poco rato de estar en la calle le calaba a uno por completo.

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¡Dispara! Ordenó el sargento

por Rubén I. Kotler

El soldado miraba al niño de reojo. El sargento volvió a emitir la orden de fuego. El soldado seguía mirando al niño. El pequeño soltaba una lágrima de sus ojos aterrados. «¡Dispara, carajo!» Gritó el sargento. Nuevamente se cruzaron las miradas aterradas del solado de diecinueve años y del niño de seis. Esta vez una gota de mocos colgaba de la nariz rosada del pequeño, que no dejaba de sollozar. «¿No me oyó, soldado? Le ordené que disparara». Al cruzar la calle, el soldado le espetó al sargento: «La semana pasada fue más fácil, desde el aire no se pueden apreciar las lágrimas de los niños».

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Edén y Eva

por Glorika Adrowicz y Jomra

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Salamanca, Burgos, León, Valladolid (este)

por CSJ

Seguramente existen pocas cosas tan sencillas como el mero hecho de juntar palabras. De la misma forma que pocos actos resultan tan difíciles como el de asociarlas bien.

Esos pensamientos ocupaban mi mente cuando una vez más, como cada mañana a la misma hora, me topé con el cartel de señalización de la autovía con su hierático texto: Salamanca, Burgos, León, Valladolid (este).

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El soldado oruga

por Jomra

«Vista de oruga». Sentía el calor de la sangre escapándose de su cuerpo. El estruendo exterior casi no le dejaba escuchar sus ya débiles pensamientos. Ya casi ni parpadeaba. El sudor se mezclaba con el olor del barro, polvo, vómito, orina y excremento que inundaban el ambiente, al lado de la omnipresente sangre. Sangre formando lodo. Su propia sangre como cama de último reposo para él, como para tantos otros.

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