Sombras

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

A medida que dejaba la calle principal, el terreno se empeñaba en mostrarme los indicios de un cambio inminente. Eran pasadas las dos de la tarde y el clima veraniego ocultaba lo que estaba por ocurrir. Las sombras habían crecido, cada una de ellas, partiendo de su proporción natural, habían adquirido una mayor sustancia, densidad y en cierta medida empezaron a constituir materia.

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Recuerdos del «Sahara»

por Ferdy; ilustraciones de Carolina Ramos Martín

sahara02No puedo evitar acordarme del «Sahara» cada vez que entro en un bar de copas de barrio. Aunque el bar en el que entre sea muy diferente, en decoración o en música, siempre me acuerdo del «Sahara».

Al fin y al cabo, estuve allí trabajando durante diecisiete años, desde mis dieciséis hasta mis treinta y tres. Todas las tardes entre semana (menos los lunes, que descansaba) y los fines de semana toda la noche, durante diecisiete años.

Es normal que lo recuerde.

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Las seis notas

por Jadiya Soukhane y Chus Rodríguez

Aquella mañana había sido muy dura en el instituto pero, al llegar a casa, María encontró una nota pegada sobre la puerta de entrada. La cogió, sorprendida, y la leyó; le entro miedo y, aterrorizada, entró en casa y fue corriendo a su habitación, encendió el móvil y escribió un mensaje a sus amigos:

«He encontrado una nota que dice que voy a morir.»

Con sorpresa, recibió un mensaje igual de Carlota e, inmediatamente, de otros cuatro amigos: Laura, Óscar, Luis y José. Quedaron juntos para investigar por qué y quién había sido el que había escrito el mensaje. Fueron al parque y hablaron sobre la nota pero no llegaron a ninguna solución. Preocupados, decidieron ir a dormir a casa de Carlota porque era la más grande.

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Acciones mortales

por Elena Rincón y Glorika Adrowicz

La puerta del salón se cerró de golpe a las 3:23 de la madrugada. Gala sabía que era esa puerta, y no otra, porque la vibración del cristal central perduró unos segundos después del portazo.

Se levantó y se dirigió al salón tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a preguntarse qué podía haber cerrado esa puerta. Cuando su mano ya agarraba el picaporte que permitía acceder a la habitación más grande de la casa, recordó que esa noche estaba sola. Se asustó y, por unos instantes, permaneció detrás de la puerta dudando qué hacer. Intentó pensar con claridad. Luis, su marido, era enfermero y tenía turno de noche, por lo que era bastante improbable que hubiera sido él. «Quizá haya sido la corriente» pensó, pero no recordaba haber abierto la ventana. No dejó que el miedo la paralizara y por fin se decidió. Giró el frío picaporte y, lentamente, fue asomándose a la habitación. Recorrió con la mirada el salón escasamente iluminado, pero lo único que percibió fue un inusitado descenso de la temperatura que al instante provocó que un escalofrío recorriera toda su espalda. Los ojos de Gala se acostumbraron rápidamente a la luz de la luna, que cada vez, con mayor claridad, iba dibujando el contorno de todo lo que se encontraba en el salón. No encontrar ninguna razón aparente para que la puerta le hubiera despertado aquella noche desencadenó en ella una amarga sensación. Respiró hondo y dio dos pasos, sumergiéndose en la oscura habitación, con la intención de llegar al interruptor lo antes posible. Sin embargo, antes de alcanzar la deseada luz, algo la detuvo.

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