Un problema diferente

por Aìram; personajes creados e ilustrados por Gisela

Llama estaba demasiado apagada, sentada en una esquina del aula, soltando un poco de vapor de los ojos, ¿qué le habrá ocurrido? Eso mismo debió pensar Arañi, que se acercó descendiendo desde el techo con una telaraña recién salida del horno –para no hacer referencias más explícitas–.gisela_llama Llama se sobresaltó al sentir la presencia de la arácnida y se acurrucó un poco más en la esquina.

Se miraron un momento, estaba claro que Arañi no sabía qué decir o cómo abordar una conversación con Llama, con la que realmente nunca había hablado. Era raro, llevaban un tiempo compartiendo clase y jamás habían cruzado más de dos palabras. ¿Qué le podía decir? ¿Cómo? Ante la indecisión de la recién llegada, Llama bajó la mirada, dejando claro que no quería hablar con nadie.

La araña dudó un momento, sabía que a veces insistir era peor, mucho peor, pero que tampoco podía abandonarla así, sin más… decidió sentarse a su lado; no demasiado junta ni demasiado separada, a la distancia de un susurro entre dientes pero sin que su calor corporal se sintiera en la superficie del fuego ajeno.

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Persiguiendo un sueño

por Hasnae; ilustraciones de Inés G. Frutos

Érase una vez una niña de ocho años llamada Laura. Vivía con su madre, su padre y sus cuatro hermanos en un pueblecito en las afueras de Madrid. Todos los días, tenía que recorrer un largo camino para llegar al colegio. Laura era la niña que peores notas tenía de su clase, no le gustaba nada estudiar. Siempre pensaba que los estudios no servían para nada.

Todo el mundo tiene sueños, y el de ella era llegar a ser médico. Pero siempre se desanimaba y decía que las familias pobres como la suya nunca podrían llegar tan lejos.

Pasados unos meses, Laura y su familia tuvieron que mudarse a la ciudad de Valladolid por motivos de trabajo.

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Siguiendo la muerte

por Belid

¡Puff! Ahí estábamos todos, los cinco, cansados y agotados después de una fiesta loca. Eran las 00:45 de la mañana. De repente llamaron a la puerta. Fui a abrir… no había nadie, solo una caja. La cogí y la abrí. Todos estábamos preocupados, porque mi amigo Karl no estaba allí. Todo era muy raro.

–Supongo que habrá ido a tomar el aire –dijo Rocky.

–No lo sé, supongo –dije yo–. Bueno, pongamos el CD que hay dentro de la caja.

Empezó a sonar.

–Saludos, amigos, vuestro amigo Karl está secuestrado. Si queréis saber más de él, tendréis que buscar más CD como este. Tenéis hasta las 6:05. Es la 1:00, así que empieza el juego. Buena suerte, ¡chao!

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La vida de Coco y Chuchi

por Cassandra Zapata Flores

En un mundo mágico sucede esta historia.

Un día, en el mundo mágico, despertó Coco, el protagonista de nuestro cuento.

Y esta historia es un poco rara, ya que Coco, el perro, ¡¡puede hablar!!

Cuentan que cuentan que me contaron, que en un mundo mágico despertó Coco y no sabía dónde estaba, ya que estuvo nueve meses en coma por un accidente de coche. Encontró a un enfermero hablando por teléfono, diciendo:

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Encuentra las piezas

por Lidia M.; ilustraciones de Peper01_Nere

–El amor lo puede todo –le dijo la mano Derecha a la Izquierda.
Momentos antes, el cuerpo se había estrellado en el cuarto planeta, llamado Marte. Se despedazó, cayendo sus manos cada una en una parte del orbe. Estaban tristes porque no se encontraban juntas. Una de ellas, Derecha, nerea_01se había roto el dedo corazón, mientras que Izquierda se había roto el pulgar. Gritaban, pero nunca se oían. Estaban deprimidas.

Rodearon todo el planeta, pero siempre que Izquierda iba a la derecha, Derecha iba a la izquierda. Derecha pensó en quedarse en el sitio para que así Izquierda la buscara, pero Izquierda pensó lo mismo. Ninguna idea funcionaba. ¿Cómo podían encontrarse? La idea era que Derecha y Izquierda, una vez que se encontrasen, fueran a buscar al tronco y a sus otras partes, para poder así volver a ser un cuerpo completo.

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Sacrificios

jomra_diegopor Metaliante; ilustraciones de Jomra

Voy a empezar mi relato moviendo el peón de rey blanco dos casillas adelante, aquí comienzo todo.

La gente me llama por mi nombre, no os lo voy a discutir, la mayoría Rodri me dice al referirse a mí. Como podéis ver, el ajedrez me gusta, soy fan desde pequeño y ahora mismo mi rival está pensando en el único movimiento que he realizado. De golpe se levanta de la mesa, coge su peón del alfil negro al lado del rey y lo mueve una casilla hacia delante, diciendo:

–¡Ajá! Has despistado tu retaguardia, luego atacaré a tu rey con…

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Luna roja

por Glorika Adrowicz

La breve excursión, apenas preparada, no me debería llevar más de dos horas; en la tele aseguraban que el momento álgido no duraba mucho menos, y el Parque de la Paz estaba a un minuto escaso de mi sofá. Me había acostado tarde, pensando que podría aguantar en vela, pero tuve que poner el despertador cuando fue evidente que el sueño me vencía. Iría solo, así que podía conectar la alarma con el tiempo justo, sin tener que calcular esperas ni otros retrasos. Mis propuestas habían sido rechazadas de manera tanto colectiva como individual por trabajadores, estudiantes, paradas y ociosos, que argumentaron la madrugada y la realidad del sueño fisiológico contra la curiosidad por algo que, a fin de cuentas, se repetiría en unos años y podía verse por Internet a cualquier hora, y en circunstancias de contaminación lumínica mucho más favorables. No sé si a ellos les satisfacían íntimamente dichas razones; no fue mi caso. A pesar de todo, resultaba cierto que el parque estaba demasiado iluminado; durante toda la semana me había imaginado que, por esa noche tan especial, el ayuntamiento quizás habría preparado en los barrios lugares acondicionados para que los vecinos pudieran contemplar el eclipse en todo su esplendor, dotándoles con especialistas que explicaran el evento a los neófitos, ávidos de conocimiento y maravilla. Pero no; esta vez, las abundantes luces no eran las de la razón, sino las de las farolas cotidianas que malgastaban parte de su energía hacia los cielos, oponiendo sus haces inmediatos a aquellos que nos llegaban tras millones de años de travesía. En todo caso, tampoco parecía que el evento hubiese atraído a las masas. Quizá se debía a la mala fama, pues a mis oídos han llegado frecuentes rumores acerca de la peligrosa población nocturna del Parque de la Paz, pero, si he de juzgar por lo que vi esa noche, resultan infundados. Observé a una pareja, ni jóvenes ni aún maduros, que recorría, como yo, la periferia cementada, examinando cada pocos pasos si su nueva ubicación mostraba mejoría visual, búsqueda infructuosa y cobarde, pues era precisamente el perímetro exterior lo más iluminado; dirigí mi mirada hacia los edificios, esperando ver alguna muestra de curiosidad por parte de mis vecinos; si la hubo, no supe distinguirla tras las persianas cerradas. Durante un par de minutos me debatí sobre si lo mejor no sería regresar a mi casa y a mi descanso. Allí estaba la luna, una pelota rojiza, perfectamente recortada en el cielo nocturno –cualquiera puede entrar en wikipedia para una explicación del porqué, así que no voy a intentar abordar temas que ignoro más allá de un par de lecturas atentas de esos artículos– y, a pesar de su irrealidad, ya estaba vista. Podía marcharme a casa con la satisfacción del deber cumplido y suponiendo que, a fin de cuentas, había valido la pena. Sin embargo, por un momento me imaginé las reacciones de mis invitados fallidos cuando les contase mi experiencia; podría tratar de conferir algo de humorística dignidad a mi aventura, algo del tipo «Llegué, vi, volví», pero lo deseché de inmediato, visualizando las sonrisas condescendientes o el desprecio apenas velado de mis contertulios. Di un pequeño paso hacia la tierra y penetré en la avenida ajardinada más cercana a la calle Hornija, donde la frondosidad de los árboles de aquel caluroso octubre mitigaba la luz artificial. Lamentablemente, también impedía la visión de nuestro satélite. Una vez dentro del parque, lo lógico era buscar zonas de penumbra que no fueran el resultado de un techo vegetal sino de imperfecciones de la iluminación pública. Inmediatamente descubrí que el centro de la pista roja de baloncesto favorecía mis intereses, pues el alcance de las farolas que la rodeaban se atenuaba paulatinamente, apenas solapándose en algunos puntos. Me encaminé hacia allí con recelo, pues a mi mente acudían las precauciones que me habían sido insertadas sobre el lugar, pero la tranquilidad del ambiente, el silencio y la soledad que irradiaba la noche convertían la inaudita experiencia en una aventura afortunada y placentera.

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Faro

por Toño Gurdiel; ilustraciones de Carolina Ramos Martín

El azar tuvo parte,

siempre tiene parte en todo.

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Agarró con firmeza la botella y la acercó hacia sí para observarla detenidamente. En realidad, no podía decir, con precisión, que se trataba de una botella, más bien parecía un frasco o, incluso, un matrazfaro02 de esos que se utilizaban en los laboratorios químicos; aunque, bien pensado, tenía las paredes demasiado gruesas. Fuera lo que fuera, el nombre era lo de menos, ahí estaba ante él. Días atrás lo había limpiado cuidadosamente bajo el grifo del pilón del patio, pero había descuidado una norma básica: poner el tapón al sumidero. Una buena parte de lo que aún quedaba del lacre que sellaba su cuello se había perdido; solamente pudo recuperar un trocito, en él se veía con claridad un arco de circunferencia y una especie de i griega girada ciento ochenta grados. Recordó entonces aquellos sellos de lacre, tan populares hace años, que tenían una letra, normalmente mayúscula, encerrada en una circunferencia. En este caso, sin embargo, el lacre debería tener impresa más de una letra, o ésta no estaría centrada. Además, había realizado un minucioso análisis, lupa en mano, y pensaba que la i griega no era tal, se trataba, más bien, del fragmento de una letra o símbolo, y que lo de «girada ciento ochenta grados» era una observación un tanto ridícula.

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Retin@

por Augusto Blasborg; ilustraciones de Inés G. Frutos

La Marcha Astrona no ha resultado este año menos apasionante por haber tenido que acudir en solitario; a fin de cuentas, el grupo de superheroínas que ayudamos a la multitud de participantes a lo largo del infernal recorrido propuesto por la organización terminamos por actuar de forma aislada, cada una haciéndose cargo de sus propios retos; tan agotadas acabamos, que normalmente ni siquiera tenemos ganas de reunirnos para brindar con una horchata por el trabajo bien hecho y un merecido descanso. Sin embargo, un día completo haciendo el Bien ha compensado la soledad, y eso a pesar de que mi nuevo traje profesional, diseño de Martian Ganimediani, 01-retinala marca más chic del universo conocido, merece todas las admirativas miradas que mis compañeras tan bien saben dispensar. Lo peor del día, sin duda, las inevitables manchas verdes ocasionadas por el vómito de los alienígenas omnívoros de Carn Sabrosh.

Pero estoy divagando. Disculpad por tan dispersa entrada –creo que este informe no será el más objetivo–. Como me encuentro agotada, voy a reportaros las notas que he ido tomando durante el proceso. Pienso que la frescura de su inmediatez bien puede compensar los defectos de redacción.

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Fin

por MTT

Y es que llega un punto en el que te quedas parado, pensando, sin saber qué decir, pues sabes que sea lo que sea que salga de tus labios, lo usarán en tu contra. Sabes que no hay salida. Sabes que esas miradas que te rodean no van a dejar de penetrarte con el odio de sus almas. Sabes que solo te queda bajar la cabeza, darte media vuelta y pasar a retirarte.

Yo llegué a ese punto ayer. Sí, ayer mismo. Andaba tranquilo, caminando por la acera, y un hombre pasó frente a mí. Me miró de reojo, pude notarlo. No estoy loco, claro que no. O a mí me gusta pensar que no. En sí, me gusta pensar. Bueno, ya, que siempre me desvío. Dicho hombre, como andaba comentando, se sentó a pocos pasos de distancia y sacó un libro de su bolsillo. No era un libro pequeño, solo era un bolsillo muy grande. Se colocó los lentes segundos después de la acción anterior y, tras abrir dicho elemento, fingió lectura. Digo que la fingió porque yo sabía que su atención iba hacia mí.

–¿Qué quieres? –pregunté tras acercarme a él. No me gusta que me miren.

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