Sombras

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

A medida que dejaba la calle principal, el terreno se empeñaba en mostrarme los indicios de un cambio inminente. Eran pasadas las dos de la tarde y el clima veraniego ocultaba lo que estaba por ocurrir. Las sombras habían crecido, cada una de ellas, partiendo de su proporción natural, habían adquirido una mayor sustancia, densidad y en cierta medida empezaron a constituir materia.

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Cuento sin título

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

Eran las cuatro de la mañana, la noche había empezado a gotear de los techos, los ruidos despiertos respiraban agitados derramando cócteles de humedad y embriaguez. La casa parecía inmutable a aquella mezcla de sombras que discurrían por los pasillos, y que solo se detenía para mirar en las habitaciones si eran observadas. Todo allí tenía sentido; las manillas del reloj caminando lentamente eran los ecos de los pasos que esperaban, la solidez y suavidad de las paredes, los rostros inocentes salvándose encima de los sueños, el olor a pasteles recién horneados, el aliento dulce de la anciana que había agotado sus palabras avisándoles del peligro.

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Hijito mío

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

Pareciera que iba a llover, el cielo era un lodazal de nudos trenzados, la luz del día, una red que se iba hundiendo en la noche.

Se podía contar una a una las luces que se iban encendiendo, escucharse el movimiento de los animales que buscaban cobijo en las sombras. La ciudad cobraba vida, los primeros carros estacionándose, la gente en grupos trazando diversos rumbos, todos apurados por cobijarse de la tormenta que se avecinaba.

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Sin título

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

Hay barcos rebotando como canicas en las mesas del futuro
Montañas invisibles delante del sol
Dedos tatuados en las brújulas, lanzados como pelotas
Los niños         los patean
Cada vez                                  más lejos

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La profundidad del sombrero

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

Había pasado de las diez de la noche cuando las hojas secas se rebalsaron de la mesa del comedor. Ese movimiento gravitatorio y aglutinante era el pan de cada día en la casa de Luis, como lo era el malestar de su gato, que había establecido su zona de descanso en las faldas de aquel derrumbe nocturno.

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