Alrededor de ti

por Alejandro

En una ciudad como la nuestra había una plaza en redondel como la Plaza Circular de aquí. En su interior, la penumbra y el frescor eran la delicia del vecindario del barrio. Aquel paraje siempre estaba frecuentado, allí siempre había gente; cuando los niños abandonaban la plazuela, acudían los adolescentes a sus continuas discrepancias sobre cualquier tema; los vejetes preferían ocuparla aprovechando el sol del mediodía, que en aquellas horas se daba a conocer, y el verano los hacía refugiarse en aquella sombra que los crepúsculos les brindaban a todos, con los parasoles que entrecruzaban sus ramas dando un sentido de hermandad al redondel que la arboleda formaba, porque así lo habían proyectado hacía mucho, y así sigue, generación tras generación desde hace muchos años, de modo que algunos son capaces de contarnos sus cuitas allí, en las sucesivas etapas de la niñez, pubertad, adolescencia, juventud, edad adulta y ahora en la etapa de la vejez. Estos últimos nos relatan los juegos de aquel entonces, los deportes conocidos durante horas y horas de vivir la adolescencia en aquellos tiempos en los que también el trabajo era escaso. El atuendo de aquellos espigados jóvenes era siempre el mismo, pero su galantería hizo que en aquella «nuestra plaza» surgiera el primer amor, que en algunos casos fue el único, que aún perdura en la longevidad de su vida y que todavía les permite constatar impávidos cómo su vida es el legado de aquellos que les sucedieron en el tiempo y en este mismo paraje, aunque de forma distinta: ya nadie galantea igual, el juego ha sido remplazado por juguetes que circulan a distancia –que también la tertulia, la discrepancia, el negocio se hacen allí, pero a distancia…–.

La arboleda en redondel es el único testigo que de todo ello puede hacer la historia; son árboles centenarios, de siempre, y se dice que son oriundos de América, que de allí vinieron estos testigos mudos a instancia del Regentador de finales de dos centurias atrás, cuando la ciudad era próspera y los municipios se permitieron estos dispendios para el solaz de todos nosotros. ¡Qué perspectiva del tiempo tenían aquellos que se dedicaban a la cosa pública!

Pues bien, allí con ellos, con los árboles entrecruzados, permanece como un vigía uno de ellos, «El SECO» (así lo conocían y lo conocemos todavía hoy), que allí está tan campante y orondo con su «minusvalía», también hoy con la indiferencia de todos, pero con una asistencia necesaria para que perviva igual que los demás, que también sea longevo como los otros. Es este un compromiso a cumplir después de muchas disputas, tratamientos, atenciones, que son tan necesarias para que no desaparezca, pues alguien lo consideró un ejemplar irrepetible, ejemplo para todos de fortaleza, mansedumbre, singularidad, esfuerzo por sobrevivir con sus retoños, que nacieron por su tronco y se confunden con él, se agarran a él, y le dan el alimento que necesitan sus partes vivas. Así, no tiene el carácter de los demás, tampoco su vitalidad, no florece como el resto, y no fructifica porque necesita el polen que los demás le niegan con su rechazo, y la floración tiene su tiempo. Sus retoños son el resultado de tratamientos adecuados en las yemas del tronco, que se han salvado de su extraña enfermedad y le han salvado de la tala que muchos preferían. «Qué hace este aquí», «Gastos inútiles sin provecho alguno», «Ocupa el sitio de pimpollos que contribuirían a la diversidad»…

Mas allá siempre estaba alguien atendiéndolo: el jardinero de turno, barriendo las hojas que caen de forma pertinaz, porque nuestro ejemplar carecía de fuerzas para mantener sus ramas, y enseguida aparecía la calvicie de su copa, siempre envejecida y con poca prestancia para todos. La técnico forestal auscultaba para completar el examen ocular previo, redactando allí mismo el informe pertinente que aseguraba un seguimiento de la detención del proceso necrocelular de sus órganos vitales. El fumigador, aquel hombre que, encaramado al necesitado, le inyectaba el líquido terapéutico con destreza, y sobre todo con confianza en lo que hacía; «Este fulano siempre estará entre nosotros, ¡no morirá!», exclamaba con gesto seguro. La poda se llevaba a cabo al mismo tiempo que los demás, solo que con mayor cuidado y esmero: sí, las ramas secas se chascaban antes de caer al suelo, e incluso en éste eran pocas las astillas y mucho el polvo de árbol seco que dejaban. Eran sarmientos que evidenciaban que el vegetal detenía la muerte que producía, que no los abandonaba, los velaba en su dolor. Nadie le entendía… «¿Por qué no caen si son tan ligeros y deleznables y llevan así tanto tiempo?», «¡Tampoco el vendaval pudo con ellos!»

Uno de los amaneceres, estaba allí con su regadera y la escoba la niña que se había encariñado hacía mucho con el árbol, pero con distinto semblante. Muy triste, abatida, con la mirada perdida y caminar desgarbado. «¿Era ella? Era su ángel, que pasaba por allí», fueron las consideraciones que el árbol se hizo al alertarse de su presencia, cada vez más patente a medida que se acercaba. A los «Buenos días», el arbolito respondió: «¿Qué pasa?, ¿qué te ocurre? Me tienes impresionado. Desconozco si es humana la tristeza en vosotros los hombres». La niña, compungida y cabizbaja, empezó la tarea rutinaria del riego y retirada de hojas del suelo, mas el beneficiario prosiguió, agitando sus delicadas ramas con gran susto de la niña. «No, atiende primero la pena que me traes con tu tristeza. Mi alimento y limpieza tienen que esperar. Hoy, tú, ahora, eres mi mayor necesidad».

La niña le contó su pesar: su abuela había enfermado y temía lo peor.

El visitado contestó.

Mis hojas son curativas. Pero sólo tú lo sabes. Deshójame, vuelve rápida a casa, hierve un manojo y dale de beber la infusión.

–Pero, ¡tú morirás! –respondió ella.

–Mira mis retoños. Ellos me alimentan. Yo solo los cuido y juntos vivimos como un único ser donde todos somos para todos.

Con exquisito cuidado, la niña desprendía hojas de las ramas que el árbol doblaba hasta ponerlas al alcance de ella y, mientras, éste le encomendaba:

–¡Más, más, coge más! El tratamiento será largo.

–Tú las necesitas. Morirás de debilidad.

–Mis retoños no me abandonarán nunca. Están sanos. Son jóvenes y sólo viven para mí, deseosos de entregarse todos a mí, para vivir todos mejor. ¿No sabes que al deshojarme me haces más fuerte y me colmas de felicidad?

La niña dejó de recolectar hojas; el árbol asintió, pues sabía que eran las necesarias y precisas.

–Vete ya –repuso el árbol. Los tuyos te requieren y mi limpieza no es imprescindible; ya la harás en otro momento.

–Adiós –se despidió.

El árbol, en su vetustez, contemplaba la figura de la niña mientras ésta se alejaba con prisa, con mucha prisa; la niña, con su prisa y su carga, volvió la cabeza y vio que el árbol movía inusitadamente la copa, que a la niña le pareció dotada de un mayor verdor y brillo.

Una vez que llegó a casa, preparó presta el brebaje con la certidumbre de su eficacia: hirvió las hojas, que teñían el agua a la vez que brindaban un aroma exquisito que la criatura confundía con otros familiares para ella; retiró el brebaje después del primer hervor, lo coló, y vertió la infusión en un recipente preparado para tal efecto.

–Abuela –dijo la niña–, toma esto. Te hará bien, estoy segura de ello. –Y la anciana, al primer sorbo, detectó su sabor delicioso…

–Sabe a menta y a miel a la vez, y el olor es un manjar. Está muy bueno.

A lo largo del día, le fueron suministradas a la enferma distintas dosis. Y la noche fue para ella un momento de placidez.

En la primera visita posterior a la toma, el médico confirmó al mejoría de la enferma: las constantes vitales se habían restablecido, la fiebre había remitido a pesar de las décimas, y el aspecto de la cara iba recobrando su habitual semblante. Así lo hizo saber a una y a otra.

Con timidez pero con seguridad, la acompañante expuso al doctor lo acontecido.

–Dices que son hojas del árbol seco… ¿me las puedes mostrar? –Y, ante la muestra, él observó, olfateó las hojas, también la infusión, que mandó hervir de nuevo–. Bueno, pues que siga con el doble tratamiento durante toda su convalecencia. –Y se marchó.

Por la tarde, el doctor alteró su rutinario paseo y puso rumbo a la plaza. Allí estaba «el árbol de siempre y como siempre». Nada nuevo ofrecía su apariencia. Lo observó con detenimiento. Detectó hojas hermanas de aquellas que le habían sido mostradas en zonas bien elevadas del ejemplar, y le extrañó que alguien hubiese podido encaramarse tan alto, hacerse con esas hojas festoneadas y ovaladas, tan brillantes al observarlas. Recordó la polémica que acerca del ejemplar se había suscitado hacía algún tiempo, las rarezas de unos y de otros, y no descartó el reinicio de la hipótesis de trabajo, en cumplimiento de su labor como velador de la salud. Había que llamar a la ciencia, que contribuiría a la investigación de alguna forma de utilizar esos recursos naturales… todo lo que cualquiera pueda desear para la mejora de la sociedad estaba allí, ante él. Y era todo un propósito, una esperanza, una ilusión, una quimera.

Y por qué no, un reto para todos, que nos haría crecer en lo humano, científico, social y cultural.

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