La extraña prueba o La importancia de la imaginación

por T.

Hace mucho, pero mucho tiempo, cuando los días de invierno se hacían notar, el frio y el viento lo inundaban todo y la nieve borraba los caminos. En esos cortos días y largas noches, nos reuníamos en torno al fuego para asar castañas y oír las viejas historias del abuelo. Nunca supe a ciencia cierta si todas aquellas historias las inventaba él o algunas se las habían contado, pero sí recuerdo con bastante claridad que todas empezaban igual, como si de un ejercicio de escritura se tratara: «Hubo un tiempo en el que todo podía ser: había nieve en invierno y carbón en la carbonera; al vendedor de piñas se le llamaba piñero y al de melones, melonero; las ovejas en rebaño pasaban por la calle y los días tenían muchas más de veinticuatro horas; tal era el estado de cosas cuando, me contaron,…» y a partir de ahí venía propiamente la historia. Bien, yo no puedo asegurar que todo lo que me han contado sea verdad, ni que todos los cuentos sean un cuento, pero ya que la vida está llena de misterios y a veces de sorpresas, dejo las siguientes líneas al buen juicio de quien las lea.

…tal era el estado de cosas cuando, me contaron, Xx llegó a pensar en presentarse a la Escuela de Alta Magia y aprender las ancestrales «Técnicas Modernas para Borrar Tristezas» o la no menos famosa «Plástica para Magos». Y pensado y hecho, se apuntó a las pruebas para acceder a la Escuela, que en aquel año tenían un único ejercicio a superar: La Carrera de la Bola de Mercurio.

El primer paso a dar para realizar la prueba era leer atentamente las instrucciones que entregaban al apuntarse y ponerlas en práctica. Xx leyó:

La Carrera de la Bola de Mercurio

Prueba a realizar para la enésima convocatoria de acceso a la Escuela de Alta Magia:

  1. provéase el examinando de una bola de mercurio tan grande como le parezca.
  2. llegado su turno, la lanzará hacia la línea del horizonte.
  3. superará la prueba quien consiga que su bola llegue tan cerca como sea posible de la citada línea.

Xx dudó durante un instante y durante otro más e incluso durante otro, pero al fin tomó una decisión: conseguiría la más grande y brillante bola de mercurio jamás vista y pasaría la prueba.

Llegado el día del ejercicio, el Presidente del tribunal dio la salida al primer participante con el consabido «¡A la una, a las dos y a las tres! ¡Ya!», contraviniendo expresamente las enseñanzas de su legendario maestro el Dodo, reconocido organizador de carreras desde aquella «carrera en comité» en que participó Alicia. Indicaba el Presidente que no era necesario seguir todo al pie de la letra, máxime cuando al Dodo le faltaba una pizca de razón.

Uno tras otro, los examinandos iban lanzando y pasando la prueba. Xx no salía de su asombro; hasta tal punto no salía de su asombro que se quedó instalado en él. «¡Pero si no cumplían el punto a)!», pensaba. Fue entonces el turno de una muchacha decidida, sonriente y seria que estaba acostumbrada a cazar ranas a pares con los zapatos y a dar puñetazos al Sol. Tomó impulso mediante una corta carrera y, ¡zas!, lanzó la bola con todas sus fuerzas; al poco tiempo ya había desaparecido tras la línea del horizonte. Algunos rieron, otros gritaron «precisamente ella», los más permanecieron atónitos y Xx seguía sin salir de su asombro. «¿Qué pasa con el punto a)?», pensaba. Creció la expectación, todos miraban ahora al Presidente del tribunal y se murmuraba que la muchacha decidida, sonriente y seria no pasaría debido al incumplimiento del punto c). De pronto la bola alcanzó al grupo por la espalda y fue a pararse a los pies de los más revoltosos, que gritaron alborozados:

–¡No pasa! ¡no pasa!… ¡porque ha sobrepasado la línea del horizonte! ¡ha quedado muy lejos!

El Presidente del tribunal impuso silencio y con voz grave sentenció:

–¡Ha pasado!

Y explicó:

–La bola nunca llegó a sobrepasar la línea del horizonte, el que tenga dudas ¡que le pregunte a la bola! Por otra parte, ha llegado tan cerca como era posible, porque si hubiera podido llegar más cerca lo hubiese hecho.

Hubo un aplauso general, incluso el asombrado Xx aplaudió.

Le tocó prepararse a Xx y entonces apareció con una impresionante y refulgente bola de mercurio que temblaba entre sus manos. Se hizo un silencio total, un silencio preocupante mientras Xx lanzaba con determinación su bola de mercurio hacia el lejano horizonte. Cuando ésta hubo tocado el suelo explosionó en cientos, ¡qué digo cientos, miles o tal vez cientos de miles! de pequeñas bolas que a su vez se fragmentaban en otras aún más pequeñas y luego otras y así hasta… hasta que el Presidente del tribunal, siguiendo expresamente las enseñanzas de su legendario maestro el Dodo, exclamó súbitamente:

–¡Se acabó la carrera!

Y añadió muy serio:

–No ha pasado.

El nerviosismo y la desolación se apoderaron de Xx, que apenas acertaba a decir palabra alguna, y todo porque, en el fondo, no comprendía qué había pasado. Intentó pedir explicaciones, que algún otro miembro del tribunal le aclarase en qué punto había fallado, pero todo fue inútil y únicamente consiguió enredarse cuando el propio Presidente del tribunal le dijo:

–Su bola, muchacho, no ha llegado; quien ha llegado (=no ha llegado) en todo caso es su no-bola.

Entonces Xx visiblemente enfurecido gritó:

–¡No es una no-bola,… son muchas no-bolas,… podría decirse que son una infinidad numerable de no-bolas! Sí, eso es,… podemos hablar de la no-bola-1, la no-bola-2, la no-bola-3,… y si las reunimos todas… ¡entonces tendremos mi bola de mercurio!

–¡Inténtelo! –contestó el Presidente del tribunal, y añadió–: pero no olvide que no se puede acceder a la Escuela de Alta Magia y ser tan literal.

Tras las oportunas reclamaciones, Xx siempre recibió las mismas respuestas: «No es lo mismo llegar que no llegar. Las bolas pueden llegar o no llegar, pero las no-bolas únicamente pueden no llegar». Y también que «el acceso a la Escuela de Alta Magia está vedado a los que se empeñan en ser tan literales». Sin embargo Xx pretendía no haberse dado por vencido y buscaba las diminutas bolitas de mercurio; cuando encontraba alguna, la recogía pacientemente en un frasquito a la espera de completar la más grande y brillante bola de mercurio vista una vez.

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