Mirones

por Carla

Hoy he quedado con una buena amiga para dar un paseo. Mientras hablábamos de nimiedades en general, decidimos sentarnos en un banco cerca del centro. Cruzamos la calle y vimos lo mismo de siempre: tres bancos, un señor en cada uno.

Lo echamos a suerte, y ¡voilá!

El del medio.

Al principio no dijo nada, pero luego comenzó a mantener la mirada fija en nosotras, sin pestañear siquiera, todo mientras nos comíamos bollería a modo de desayuno cutre.

¿Qué demonios halló en nuestra cara? Ya sé que soy sumamente sexy (sarcasmo), pero bueno. Siempre termina incomodando…

Aquel era el día. No quedaba nada. Tan solo tendría que bajar al banco, hacer la entrega y olvidarme de esta pesadilla. Cogí el paquete y lo guardé en una bolsa destartalada. Cuantas menos sospechas mejor.

Miré la hora: 12:53. Menos de diez minutos y por fin libre.

Bajé a la calle y, para mi suerte, el banco del centro estaba libre. Gracias a Dios.

Observé desde el asiento la afluencia de gente. Una buena hora. Demasiada multitud para quedarte con una cara, pero no tanta como para asfixiar el momento. Suspiré. Y volví a mirar el reloj. Dos minutos. Dos minutos y de vuelta a tu vida normal.

El dinero lo solucionaría todo.

Girando la cabeza hacia la calle noté un movimiento en la nuca. Ya estaba. Era el momento.

Los músculos se me paralizaban al pensar que «él» estaba tan cerca. Y un terror invadió mi cuerpo, sin poder siquiera moverme. Qué demonios, me costaba respirar incluso.

Apreté los puños con fuerza y estiré las piernas. Y entonces todo mi cuerpo se volteó con lentitud. Y mi cara se convirtió en un poema.

Dos niñas estaban charlando mientras comían bollería del supermercado. ¿Cómo…?

¡¡Pero si nadie se sienta al ver a alguien en un banco!! Jesús bendito.

Una de ellas se dio cuenta de mi cara y se quedó en silencio, mirando fijamente.

¡Eso es! Incomódalas con tu mirada de adulto reflexivo. Seguro que terminan largándose.

Los segundos comenzaron a correr. Y después los minutos. Uno detrás de otro.

Y las malditas crías seguían ahí. Demonios. No estoy consiguiendo nada.

De repente, unos vecinos comenzaron a saludarme. No. No. NO.

Si se junta más gente, no me verá. Estoy acabado.

Intenté despacharles como pude y, en un segundo, las dos chicas se levantaron, cogieron sus bolsas y se marcharon. Grité de alegría para mis adentros. Pero solo durante un segundo.

Alguien volvió a sentarse. Y esta vez fue conciso:

El dinero. Ahora.

S-sí, en seguida –me agaché lo más rápido que pude y le pasé la bolsa–, está todo lo que me pediste, en montones de 100 separados y div…

¿Es una broma?

¿Eh?

Espero que estés bromeando, porque tengo muy poca paciencia.

Le miré confuso. ¿Había contado mal el dinero? No entendía nada. Y entonces me fijé. Él agarraba la bolsa abierta con las dos manos, y un olor dulce salía de ella. Bollería industrial.

Mierda.

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