por Chus Rodríguez

Oner es un ser diminuto, de unos veinte centímetros más o menos. Pertenece a una tribu llamada Los Sillos. Vive normalmente en el lomo de su reno Renó. Es muy viejo, tiene más de cien años, aunque los de su especie alcanzan hasta los 217 años de edad. Tiene barba blanca y siempre lleva un bastón en la mano, un cachito del cuerno de Renó que éste se rompió en una pelea.

Puede adivinar lo que piensan otros seres, animales, plantas, humanos,… Aunque Oner es muy despistado y suele atribuir los pensamientos de unos seres a otros, por lo que él preferiría no tener este poder; pero esta peculiaridad fue heredada de su madre, que la heredó a su vez de su padre, y éste de su abuelo y así hasta los primeros parientes que se le conocen según está escrito en el libro de los Sillos.

Solo baja de su reno cuando la tribu celebra asambleas, cosa que ocurre cada cambio de estación.

Como el invierno va a comenzar, quedan pocos días para la próxima asamblea . Será justo antes de la fiesta de Navidad. A Oner esto le gusta por un lado… y no tanto por otro. La parte gustosa es la de todas las fiestas: comida, bebida, esa burbujeante que se bebe en copa y cuyo nombre nuestro amigo no recuerda pero le entusiasma, música, bailes… en definitiva, toda una celebración. ¡Ah! para esto, Oner sí baja de su reno Renó. Sin embargo, hay otra cara en la moneda, esa que no le agrada tanto. Justo después del festejo, debe realizar ciertos trabajos, por supuesto a lomos de Renó. Hace tiempo se inscribió en una ETT y no puede negarse, de lo contrario perderá su prestación y, por tanto, no podrá pagar el alquiler del refugio en la Aldea de Abajo, donde Renó duerme y Oner sobre él, evidentemente. No podrá comer y cenar en el bar de Carra, ni podrá tomar café –o lo que sea–, en el bar de Prende, como hace habitualmente después de comer y cenar –aunque a veces las dos comidas se juntan en una, pues hace mucho ya que se rompió el despertador que Renó llevaba colgando en una de sus orejas, de modo que Oner no se despierta en varias horas aunque el sol brille como autentico oro recién pulido–.

Como os decía, en esta época hay mucho trabajo para un reno y sus asociados y, si además tiene nariz roja como Reno, las ofertas se multiplican.

A Oner no le gusta este trabajo, hay que viajar demasiado, por todo el mundo, bueno, sobre todo por Europa y América del Norte; si todavía pudiese trabajar por África, por la India o incluso llegar hasta Filipinas, pero estas zonas apenas demandan. Su jefe siempre le prepara rutas muy parecidas, ciudades muy parecidas, casas muy parecidas… incluso la gente que visita es parecida.

Su trabajo consiste en llevar cosas a las gentes. Al parecer, estas escriben una carta, dicen lo que quieren, a Renó le preparan un saco grande con todo ello y éste se lo lleva hasta su casa. ¡Así de fácil!

Durante muchos inviernos Oner no dio más importancia a esta labor, cargaba la gran bolsa, depositaba los regalos donde le habían dicho y no se preocupaba ni de como serían los destinatarios, ni de como éstos se comportarían al verlos, ni de lo que serían los paquetes. Lo que tienen los trabajos, haces lo que se te ordena a cambio de tu sueldo y ¡listo! No había nada que pensar.

Oner no quería complicarse; con esa particularidad suya de saber lo que piensan otros, intentaba evitar, todo lo posible, husmear en cualquier parte.

Pero un día, sin saber por qué, –quizá fue al oler un puesto de castañas, esto no está claro ni para el autor– se puso a pensar y quiso saber que contenían los paquetes, quien los abría, cual sería su reacción, así que empezó a curiosear por las ventanas en el momento justo en que los regalos se abrían. Vio que casi siempre eran niños y niñas en zapatillas, abrían un montón de paquetes y pensaban cosas como, «me gusta», «estoy contento», «quiero más», «esto ya lo tengo», «me lo imaginaba más bonito»…

Observó y observó cientos y cientos de hogares, ¡qué digo cientos!, miles, ¡qué digo miles! millones… observó todos los hogares a los que llega un reno. Ya sabéis que hay muchos lugares, los de baja demanda, donde los renos no van. De esta observación concluyó que cuantos más paquetes dejaba para un solo niño, éste con menos ilusión les recibía y, por el contrario, cuantos menos regalos, más se alegraban.

En un día de atrevimiento, habló con su jefe –por cierto, creo que tiene muchos, pero muchos hijos– y éste le dijo que se dejara de tonterías, que hiciese bien su trabajo y punto.

Oner no quedo conforme. Pensó y pensó y, después de mucho pensar, se dio cuenta de que había algo que diferenciaba unos seres de otros. Hay una gran diferencia: el poder. Hay seres poderosos y hay seres sometidos al poder de los primeros.

Oner quiso hacer algo, algo bueno: quería menguar esta diferencia. Cambiaría los paquetes de unos niños a otros. Pero olvidó quienes eran los menos egoístas y quienes los menos agradecidos. Menudo remolino se le armó…

Así que pensó dejar todo como está.

Este año, en la fiesta de Navidad, bailará, comerá, beberá y, seguidamente, irá a trabajar, aunque no le guste. Así es la vida para un sillo de Abajo…

Continuará…

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