Di a no di no

por Segundo Clon

El autobús llegó con retraso, quizá contagiado por el del conductor, y, si bien fueron solo unos minutos, bastaron para descuadrar el apretado horario vespertino que las circunstancias me habían construido para esa jornada. Entré en casa con toda la prisa que suscitaba el temor a llegar tarde a la cita en el hospital, solo para encontrarme a mi perro con un libro de Shakespeare, tranquilamente sentado en mi butaca favorita. Allí estaba, mordisqueando tranquilamente el lomo que tanto me había costado conseguir tras patearme las librerías de viejo habidas y por haber. En fin, si me hubiera dejado llevar por la ira, no hubiera bastado un diluvio para lavar la sangre canina y la culpa humana; pero Prada me recibió moviendo alegremente su cola, iluminando su mirada por mi mera presencia, saludo que pocas personas se han dignado brindarme alguna vez en mi vida (por razones obvias en la mayoría de los casos). Así las cosas, en vez de enfadarme, decidí simplemente cumplir con mis obligaciones afectivas y sociosanitarias, ponerle la correa y sacarle a dar un paseo. Durante varios minutos, le seguí como un autómata, ansiando que su digestión fuese tan regular como aseguraba la publicidad de su carísimo pienso.

El perro, mientras tanto, se demoraba en cada confluencia de hormigón y sustancia orgánica, lo que no es decir poco en esta urbe, tan descuidada en materia de higiene pública como ingeniosa a la hora de las excusas, y prodigaba micciones con la misma dedicación que un promotor inmobiliario dispensa dádivas en el consistorio.

Confieso que mi paciencia cotidiana me abandonó ese día y que me vengué arrastrando al apurado can tan pronto como lo consideré incapaz de tomar represalias escatológicas. Lo encerré con dos vueltas de llave y un par de huesos de plástico, tras reubicar a Shakespeare en el estante, y salí como alma que persigue al diablo hacia el hospital para mi temida revisión de la vista.

Las habituales torturas consistentes en la desorientación, la ceguera y el desamparo se vieron acuciadas por una nueva aspirante a ganar su bata blanca, que encontró su solaz en mi humillación pública, confundiendo varias veces mi nombre, gritándome reiteradamente indicaciones triviales y tratando mi cuerpo como ya carente de espíritu, haciéndome tropezar y aun chocar con el mobiliario de la consulta mientras comentaba mi torpeza, eso sí, con la puerta abierta para aliviar con este espectáculo la hora de espera que infligió al resto de suplicantes.

Con la visión atenuada gracias al colirio, abandoné la clínica bajo la promesa de que los euros y la tecnología me redimirían de la ganancia de una dioptría por ojo, y me dispuse a encaminarme a mi siguiente destino.

El evento en cuestión consistía en la presentación de un libro de poesía en una especie de garito con ínfulas culturales, donde mi retraso ocasionó displicentes bienvenidas por parte de un ente oscuro que se suponía raptado por alguna musa anoréxica, y cuya gracia era pergeñar ensamblajes de obviedades en blancos versos libres (al parecer, y según confesión propia, porque hacer rimas a silabas cuntadas le aburría al resultarle fácil en extremo), acto autodificultado por el hecho de ejecutar tal hazaña en lucha contra Cronos. Para hacer más amena e interactiva la velada –conmigo, debíamos constituir una audiencia de siete u ocho cuarentones– habíase agenciado tres elementos imprescindibles: el primero, por supuesto, un colega pintor, o dibujante o similar que retratara sinestésicamente sus desvaríos adolescentes; nunca deben faltar, qué duda cabe, los más trillados jueguecitos oulipienses o surrealistas; para colmo, el gran creador decidió que sería una genial idea competir contra el público que, ni que decir tiene, debía mostrarse tan libre de prejuicios como su guía incitaba. Tras garabatear las primeras chorradas que pensé que no desentonarían mucho en ese ambiente de represiones adolescentes, di por concluida mi jornada, evitando el elevado dispendio que el ser proponía a cambio de su libro, y me dispuse a regresar a mi acogedor hogar.

Es cierto que confundí el autobús, pero la cena me esperaba igual de fría. Había calculado mal las reservas de Prada, que me miró no del todo avergonzado cuando metí el pie en su charco, siempre mordisqueando el Shakespeare que no termino de entender cómo puede alcanzar, tanto menos que su predilección por esas solapas de cuero artificial. Pero, como siempre, se lanzó a mi encuentro, arrugó mis ropas y mi soledad y me empapó con sus babas; quizá al día siguiente, con gafas nuevas, esos destrozos me parecerían algo negativo.

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