El carrusel

por León Seguro

Las hojas del otoño jugaban a la muerte en el viento parisino. La niña de los ojos grandes entró en la casa, apiló los troncos con una precisión excesiva, espolvoreó el contenido de la cajita sobre ellos y avivó con la súbita intensidad de su mirada el fuego que empezaba a crepitar. Ninguna de las múltiples sombras era él, sin embargo. No obstante, en ningún momento dudó de su palabra. Sabía que vendría. La plata de sus lágrimas se vertió por su rostro mientras los más antiguos recuerdos fluían lentamente. La risa, sencilla e inocente, lejos de combatir la tristeza, completaba el lienzo de su alma; ambas expresaban al unísono la complejidad de sus sentimientos.

Un año exactamente.

Todos nos dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede cumplirse. Mas, ¿dejar morir los sueños? Ella había aprendido, por las malas, que el peligro no reside más en el fin que en el medio. Todo había parecido tan simple. La feria que llegaba, la ilusión, el enfado momentáneo con sus padres, la anciana que aseguraba hacer realidad todas las peticiones. Sí, había ido allí y lo había pedido, como la niña que era, como la frágil criatura que solo busca amparo e ignora las consecuencias. Tras el intercambio de dinero, se sintió más libre.

Pero, entonces, él se acercó, oscuro y terrible como el mago que revelaba su nombre, se agachó a su lado y le entregó una cajita y una caricia casi inédita.

–Dentro de un año, un año justamente, ni un día más ni un día menos, si me necesitas, acudiré. Arroja al fuego el contenido de esta cajita y espera la medianoche.

Acarició con ternura su cabeza y desapareció. Ella sabía quién era; año tras año de su corta vida, Houdini había actuado en la feria y ella lo había contemplado embelesada escapar de todas sus ataduras.

Sonrió, entre la extrañeza y la expectación. También ella escaparía de sus cadenas, si todo se cumplía. Guardó la cajita y corrió al tiovivo.

A partir de ese día, todo fue una pesadilla.

Comenzó de manera sutil. A sus trece años, la niña de los ojos grandes ya se había cruzado con multitud de personas con las que sin embargo no había intercambiado nunca más que unas pocas palabras y un saludo ocasional; de un día para otro, acabaron esas relaciones y la gente pasaba a su lado como si no existiese. Le extrañó e, incluso, durante una temporada, se interrogó acerca de las posibles causas, pues no pensaba haber hecho nada para recibir ese trato. Sin embargo, sus preocupaciones aumentaron cuando, primero sus compañeros del colegio, luego sus primas lejanas y por fin incluso sus mejores amigos y amigas dejaron de dirigirle la palabra. En apenas un mes, se encontró con que no tenía a nadie con quien ni siquiera intercambiar una mirada cómplice. Si aún le quedaban lágrimas, debieron congelarse en su interior en el mismo instante en que, al dirigirse a sus padres, la ignoraron; algo más frio que el hielo aferró su corazón y lo puso a hibernar durante estaciones.

Sí, su deseo se había cumplido. Por fin vivía sola.

Aguardó con una impaciencia aparentemente impasible la llegada de la fecha prevista. Durante todo ese tiempo, su soledad la rodeaba como un halo excluyente, evitando cualquier contacto con el resto de la humanidad, y por cualquier medio, directo o indirecto. Afortunadamente, su helado corazón no le permitía la completa conciencia de la pérdida. Solo esa noche, por fin, mientras el fuego despertaba los primeros rincones de la casa, su interior se sintió revivir.

Una ráfaga de viento abrió una ventana y se coló hasta el dormitorio. Ella supo que estaba cerca. Casi esperaba verlo aparecer a su espalda. Los sonidos del reloj dando la medianoche se confundieron con los golpes en la puerta. Por un instante, casi se sintió decepcionada; ¿el gran Houdini entrando en su casa como una persona normal? Pero entonces admitió que una persona normal era lo que más necesitaba en esta vida. Se apresuró a abrir y lo que vio no le defraudó.

Houdini, vestido de negro, con su sombrero de alta copa y embozado en su negra capa, la miró a los ojos, a sus grandes ojos que reían y lloraban a la vez porque ignoraban otra forma de recuperar su humanidad, y penetró en aquella morada donde la soledad casi había vencido. Con un gesto que pareció franquear eones y universos, se arrodilló, acercó su mano a la mejilla de la niña y la acarició. Un año exactamente. Solo entonces supo todo lo perdido, y esa conciencia súbita le hizo más daño que todo el tiempo pasado en el hielo. Lloró sin risa, y fue un llanto tan ardiente que el fuego sintió vergüenza y atenuó su impulso.

Pero Houdini no permitió el sufrimiento de la niña durante mucho más; estaba allí para algo diferente al consuelo, y el tiempo apremiaba.

–¿Vienes conmigo? –invitó, y la niña de los ojos grandes no lo dudó un segundo.

Un carruaje los esperaba en la fría noche parisina, donde el vaho expelido por los caballos incrementaba la niebla sobre el Sena. Atravesaron las calles hasta llegar al lugar donde todo había comenzado. Estaba desierto. Pero Houdini se encaminó directamente al tiovivo y lo puso en marcha. No obstante, algo muy extraño sucedía; los caballos giraban, subían y bajaban, realzados por las luces y la música, pero de alguna manera no lo hacían como siempre. La niña tardó varios latidos de su corazón en descubrir la anomalía: el tiovivo giraba hacia atrás.

–Esta noche, y solo esta noche para ti, el tiovivo de la feria te permitirá viajar en el tiempo –explicó Houdini–. Lo que hagas entonces, dependerá solo de tus elecciones, pues es tu vida la que deberás gobernar. Pero recuerda una cosa: pediste tu deseo y eso no puede cambiarse. Otra lo cumplió por ti. –Mientras hablaba, ayudó a la niña a subir; todo se aceleraba, pero aún pudo oír la voz del mago, cada vez más lejana, cada vez más irreal–. Todos tenemos toda clase de deseos, pero cumplirlos o no es una tarea propia. Si no quieres pasar por la misma experiencia –y esta vez yo no podré volver–, está en tu mano cambiarlo. Todo está en ti, aunque no será fácil y casi nunca saldrá como habías pensado.

»Dar y recibir. Pero tú eso ya lo sabías, ¿verdad?

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