Hijito mío

por Pedro Czeslaw Venturo Korytkowski

Pareciera que iba a llover, el cielo era un lodazal de nudos trenzados, la luz del día, una red que se iba hundiendo en la noche.

Se podía contar una a una las luces que se iban encendiendo, escucharse el movimiento de los animales que buscaban cobijo en las sombras. La ciudad cobraba vida, los primeros carros estacionándose, la gente en grupos trazando diversos rumbos, todos apurados por cobijarse de la tormenta que se avecinaba.

Pasaban a su lado, pero era como si no lo notaran, como si al estar tan sucio y maltrecho fuera uno más de los mendigos, que uno está obligado a ya no mirar.

El ruido de las primeras gotas le hizo salir de su ensimismamiento, regresó sus ojos al camino, vio el polvo azotado por el agua, el barro que corría hacia el acantilado, ahorcándose entre las rocas. Tenía que seguir caminando, desbarrancarse, lanzarse, suicidarse aún no era una opción, pero cómo lo deseaba. Quebrarse los huesos, ser dueño de su muerte, cualquier cosa menos…

Pero por qué no corrió como él, por qué cuando perdió el aliento y se detuvo, no la veía. Pareciera como si nunca hubiera logrado escapar. ¿Lo hizo? Todo era tan confuso, lo hablaron, eso sí lo recuerda y verla salir de la puerta, detrás suyo. Pero ese sonido, ese maldito sonido.

Piensa que ya está en camino, hasta siente sus pies deslizándose en la boca del barro, pero está quieto, inmóvil, con el pensamiento hundiéndose, sin encontrar de dónde sujetarse.

La ciudad está completamente iluminada, y él al lado, al borde de la carretera, donde la luz inquieta busca alejarse de su sombra.

Todo se mueve a su alrededor y él no se percata. Una pareja entra al bar de enfrente. Desde la ventana el chico lo mira.

–¿Has visto al tipo que está afuera?

–¿Cuál?

–Sí. Me da escalofríos.

–¿No te parece como si le hubiera pasado algo?

–Da igual, ni se te ocurra salir. Está en lo suyo, seguro que está drogado.

La sensación al interior es la mejor para el mal clima, la comida caliente no deja de llegar y el vino ahuyentando lo que queda de frío.

Él persiste en mirar por la ventana, siente el conflicto entre seguir con la conversación o salir y saber qué pasa.

No es normal que un hombre se quede bajo la lluvia por tanto tiempo y sin moverse.
La calefacción del bar poco a poco empaña las ventanas; por más que las limpia con la manga, casi no se le ve.

Se mueve inconscientemente, un pie tras el otro; es buscar y encontrarla, volver a rescatarla, si fuera necesario. Pierde el equilibrio, resbala y debajo de todo, sentado, con el cuerpo adolorido ve el camino que solo quería olvidar.

Qué extraña sonrisa tenía la noche, qué frío tenía su miedo, mientras los arrastraba por la tierra ahondada.

No necesita caminar más, él ya sabe que está allí. Como cuando viajaron en su auto y él sintió que alguien lo miraba desde el asiento de atrás. Ella no se dio cuenta de nada.

Él era el conductor, el otro el pasajero. No importaba a dónde fuera, cuán rápido o lejos viajara, atrás lo esperaba.

No, por favor, no quiero escuchar ese sonido, no quiero volver a sentir eso.

No lo vio, pero lo volvió a oír, lentamente iban apareciendo las palabras, como ladrillos, tapiando la poco luz superviviente.

Hijito lindo, ¿me perdonas?

Ese maldito sonido. Era su padre. Su padre no existía. Ya no.

Ahora no se podía volver a ir, volver a escapar; no tenía quién le ayude a juntar fuerzas para reconocer que esa no era su voz, que no era más que un fantasma.

Pero ¿cómo mierda irse, sin acercarse y perdonar?

No era él, eso lo sabía, pero tenía que acercarse. Aun cuando fuera solo su voz, era para él una oportunidad. Volver a perdonar aunque eso significara volver a sentir cómo desgarraba su piel, cómo mordía sus sueños infantiles y los violaba, cómo le decía en voz baja hijito lindo y en voz alta la basura que era para él, cuán feliz era en su muerte, pues solo así no se avergonzaba.

No se movió. Se le veía con los ojos cerrados y el rostro desfigurado llorando de angustia.
Detrás de los árboles, escondida, ella, la que no logró escapar, lo miraba, en silencio, sin decir nada.

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Un pensamiento en “Hijito mío

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