Las seis notas

por Jadiya Soukhane y Chus Rodríguez

Aquella mañana había sido muy dura en el instituto pero, al llegar a casa, María encontró una nota pegada sobre la puerta de entrada. La cogió, sorprendida, y la leyó; le entro miedo y, aterrorizada, entró en casa y fue corriendo a su habitación, encendió el móvil y escribió un mensaje a sus amigos:

«He encontrado una nota que dice que voy a morir.»

Con sorpresa, recibió un mensaje igual de Carlota e, inmediatamente, de otros cuatro amigos: Laura, Óscar, Luis y José. Quedaron juntos para investigar por qué y quién había sido el que había escrito el mensaje. Fueron al parque y hablaron sobre la nota pero no llegaron a ninguna solución. Preocupados, decidieron ir a dormir a casa de Carlota porque era la más grande.

Eran las doce, sentados en sus camas no pudiendo dormir del miedo que tenían, cuando de pronto oyeron ruidos en el salón. Se asustaron más de lo que ya estaban porque creían que los padres de Carlota estaban de viaje. Así que pensaron que solo podían ser los asesinos. Escucharon los ruidos acercándose por las escaleras. Apagaron las luces. Asustados, se metieron en el baño del pasillo de puntillas, sin hacer ruido. De pronto vieron unas sombras deslizándose hacia la habitación. Contuvieron el aliento de la tensión pero entonces todos vieron que las sombras eran los padres de Carlota. Éstos pretendían que no se les reconociera, pero sus zapatos, su silueta, sus movimientos les delataron. Todos el grupo se quedó boquiabierto y con los ojos como platos. Ninguno podía articular palabra, aunque flotaba en el ambiente un pensamiento común: ¿cuál era la intención de los padres de Carlota?

La pandilla permitió que los padres entraran en la habitación sin que los vieran; tenían que pensar algo rápido. Entonces, a Laura se le ocurrió llamar con su móvil, del que nunca se separaba, al teléfono de la casa de Carlota. Eso les haría ganar tiempo para pensar en algo mientras los padres retrocedían. Así fue. Cuando bajaron las escaleras, el teléfono dejó de sonar. El grupo, de forma un tanto precipitada, ideó un plan. Uno de ellos bajaría por la ventana de la habitación de Carlota ayudado por los demás y el árbol que estaba junto a la fachada. José hizo dos agujeros en una sábana y se la colocó por encima a Laura, que era la que encabezaría tal artimaña. Tenía que ir al salón por el jardín, asustar a los padres mientras los demás estaban preparados para abalanzarse sobre ellos y hacerles confesar el porqué de todo esto. Todo salió según lo indicado; incluso el tropezón de Laura, que la llevó a quedar aplastada contra el cristal al pisar la sábana, le dio más énfasis a la actuación.

Al principio, los padres no soltaban palabra, pero al final el padre de Carlota se fue enfadando hasta que su cabreo le hizo explotar:

–¡Si hicierais los deberes y no nos mintierais con trabajos inventados para juntaros en la casa de unos y otros!, ¡si nos hicierais caso, vuestros padres….!

En esa parte de la frase se contuvo, pero ya todo estaba dicho: lo habían ideado entre los padres de todos, sólo querían darles un escarmiento y hacerles ser más responsables, aunque… ¿habría sido el método adecuado?

A partir de aquí, todo siguió más o menos igual, excepto el chichón de Laura que maduró y creció como los melocotones del árbol de la casa de Carlota.

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