Extra: Test-Drivers. 1.- Una Nueva Esperanza (Minicompleta)

por Ricardo Barral Torres

Springfield, septiembre de 1985. Entre una de las muchas casualidades del destino, están a punto de cruzarse dos vidas paralelas que, en circunstancias normales, jamás se hubieran unido.

Michael Slender es un hombre de mediana edad, ex piloto de competición que, debido a un trágico accidente sucedido hace diez años, perdió casi todo cuanto tenía; para empezar, tras el accidente se vio obligado, por dictamen médico, a retirarse oficialmente del mundo del motor. Como consecuencia a la renuncia del mayor de sus sueños e ilusiones, se aisló en sí mismo dejando de lado familia, amistades y hasta llegando a herir su propia dignidad como persona.

Ahora Slender es un hombre abatido que esconde tras su semblante el amargo dolor de un orgullo herido y que tan solo cuenta con el apoyo y comprensión de algunos viejos compañeros del mundo del motor. Aún con todo, Michael tiene un plan: piensa buscar un joven piloto que pueda pilotar su última baza. Se trata de una auténtica fiera de carreras, el clásico De Tomaso Pantera del 71.

Por otra parte, un humilde joven de veintitrés años quiere realizar algún día el mayor de sus sueños: llegar a ser un piloto profesional en el mundo del motor. Su nombre es Robert Slater.

Slater, sin embargo, es un muchacho que pertenece a una familia humilde que no tiene la oportunidad de costearse en modo alguno unos estudios superiores, de modo que con su formación del Instituto y sin apenas contactos, se gana la vida de camarero en un Pub musical, mientras participa en carreras ilegales de coches.

Los participantes de dichas carreras pertenecen en su mayoría a jóvenes que tampoco pueden o quieren aspirar a una vida mejor por diversos motivos, razón por la cual suelen participar turismos antiguos, muchos de ellos de los años sesenta.

Dicho todo esto, parecería casi imposible que las vidas de estos dos hombres se unieran pero, como hemos dicho anteriormente, los devenires del destino son inescrutables.

Tal es así, que un buen día del presente mes, Slender se encontraba temprano de madrugada contemplando uno de los paisajes hacia las afueras de Springfield, cuando el abrumador ruido de los rugidos de una docena de turismos de los sesenta tomó parte en medio de la escena.

Pronto, Slender se convirtió en testigo de una trepidante carrera de coches, donde la policía local con varios coches patrulla había tendido una trampa a los participantes; se suceden las maniobras al límite y el chirriar de los neumáticos en cada derrape, en medio de una jauría donde algunos coches incluso colisionan espectacularmente.

En mitad de tal panorama, un coche llama la atención de nuestro protagonista cuando se percata del hábil modo en que da esquinazo a dos coches patrulla, a la vez que consigue escapar sin casi un rasguño, mientras el resto de coches son detenidos o cuanto menos huyen con varios porrazos.

Michael Slender graba en su memoria los rasgos de dicho coche y decide subir a su Ford Mustang para seguirle la pista. El mismo se dirige hacia Hinton, un pequeño pueblo de Springfield.

La pista le lleva finalmente a un recogido garaje, apartado de la humilde casa en que mora el enigmático piloto que con tanta habilidad salió airoso de la redada. Se trata de un joven de veintitrés años, rubio, con semblante infantil aunque algo desengañado por los golpes de la vida. Slender cree que no es el lugar ni el momento de presentarse ante él, por lo que decide esperar.

Al atardecer, Slender ve al joven salir de su casa y sigue su pista. Ésta le lleva hasta un Pub en la ciudad de Springfield. Una vez allí, decide esperar media hora, después entra y pide una bebida. Apenas hay gente, pues los clientes suelen entrar más tarde, hacia la noche.

Slender aprovecha un momento para dirigir la palabra al joven muchacho. Éste, receloso de aquel, no quiere pararse a conversar; de hecho, está trabajando.

Pero, en un momento oportuno, Slender apuesta por compartir su afición del mundo del motor con el muchacho, le dice que el Ford Mustang que está aparcado frente al Pub es suyo. El joven no pudo evitar abrir sus ojos como platos, pues le encantan los buenos bólidos. Slender, acto seguido, le preguntó si le gustaría tener uno de esos.

–¡Y a quién no! –respondió con mirada soñadora el joven. Inmediatamente, Slender lanzó su órdago:

–Si quieres, un coche aún mejor que ése puede ser tuyo si me ayudas.

–¿Te estás quedando conmigo? –contestó retóricamente el joven.

–No, chaval, en absoluto; si de verdad quieres uno de esos, estaré aquí esperándote, aunque no tardes, porque hay muchos pilotos por ahí, ya sabes… –replicó Slender.

Pasaron las horas y Michael siguió esperando, mientras la curiosidad no dejaba de quemarle a nuestro joven muchacho, quién no paraba de preguntarse con qué segundas intenciones un extraño le haría una propuesta tan extraña, y nunca mejor dicho…

Por otra parte, algo le decía que tenía que escuchar la propuesta de aquél extraño de mediana edad, como si de un malsano gusanillo por hacer realidad un sueño imposible se tratara. ¿Sería algo bueno, o más bien una tentación poco conveniente?

Finalmente, llegada la hora de cerrar, ya a medianoche, el joven se dirige a Slender y le pregunta sin rodeos quién es él y a santo de qué le hace una propuesta tan rara.

Slender, sonriente, le dice su nombre y añade:

–Mira, hijo, lo que necesito es un piloto de carreras para un De Tomaso Pantera del 71. Sencillamente, te he visto manejar tu Buick con una habilidad extraordinaria y creo que tú podrías ayudarme.

Atónito, el muchacho se queda sin respiración; no sabe si la persona que tiene delante es un Policía de incógnito o un tipo raro que se dedica a seguir a la gente para no se sabe bien qué fines. Con tal miedo, el chaval espeta:

–¡Mire, no sé de qué narices me está usted hablando, yo no soy ningún piloto, vale, usted se ha equivocado de hombre, lo juro, no soy ningún piloto!

–Tranquilízate, hijo, ya sé que aún no eres un piloto pero, con mi ayuda, podrías llegar a ser un profesional –responde Slender.

Ambos mantienen la discusión durante un rato, hasta que finalmente el muchacho se tranquiliza y se da cuenta de que ese hombre quizás no sea un Poli. A duras penas accede a darle su nombre, él se llama Robert Slater.

–Mira Robert, ya sé que todo esto es muy extraño, pero tan solo puedo darte por ahora mi palabra –Robert asiente con desconfianza. –Mañana estaré en Hinton Park–Springs, con el coche que te he dicho, a las siete de la mañana; si quieres aceptar mi oferta, ya sabes dónde encontrarme; si no, necesitaré otro piloto.

El joven muchacho pasa la noche dando vueltas a la extraña oferta que acaba de hacerle Slender. ¿Por qué él y no otro candidato? Él no es un profesional, no es más que un Don nadie que está condenado a ser un pobre humilde más entre tantos.

Slender se levanta temprano, decidido a esperar la respuesta del joven aspirante, con temor de que tal vez desconfíe y deje pasar de largo una oportunidad entre un millón.

Sin embargo, un nuevo golpe de fortuna tiene lugar cuando por puro y simple acto de fe, se presenta el joven muchacho en Hinton Park–Springs, un complejo compuesto por un edificio con algunos boxes, una pista de pruebas y un pequeño circuito de rally. Un lugar de entrenamiento perfecto para aspirantes.

La sorpresa es mutua, tanto por el temor de Slender de que el muchacho no se presentara, como de éste cuando va despejando sus dudas a pasos agigantados al ver el complejo y el citado deportivo de carreras.

Robert plantea sus dudas antes de nada. Slender contesta:

–Muy sencillo. Aunque un buen día fui uno de los grandes del mundo del motor y dispuse de muchos recursos, ahora tan solo dispongo de unas reservas para levantar todo esto de nuevo. Por eso, no puedo acudir a un profesional porque no puedo contratarle, pero sí puedo formarte a ti para que, llegado el momento, puedas ganar como un profesional.

–En otras palabras, vas a tangarme el sueldo durante una temporada –replicó Robert.

–Dime, ¿cuánto ganarías por el primer puesto en una de tus carreritas? –inquirió Slender.

–Pues, el premio para el primer puesto suele estar en trescientos pavos, más o menos –comentó el chaval.

–Vale, imagínate, por mucho que gane un profesional, que yo decido pagarte tu primer año 450 dólares al mes, tan solo por entrenar. Y que ganaras el quince por ciento del premio estipulado por las carreras oficiales según la clasificación final, en el caso que nos ocupa, la V Copa Springfield del año que viene, el primer puesto se premia con cien mil dólares; de ese modo, tu ganarías quince mil pavos y el resto serían para los demás integrantes del equipo, además de sufragar gastos de actividad y mantenimiento de todo cuanto ves –expuso Slender.

–¡Guau, qué pasada, quince mil pavos! ¿Y el resto de puestos como se premiarían?

–Segundo puesto, setenta mil dólares; tercero, 45 mil dólares y de ahí para abajo hay una escala decreciente progresiva. En cualquier caso, ganarías más de lo que ganas ahora. Sinceramente, creo que no tienes nada que perder.

Robert Slater, el joven aspirante, decide aceptar la oferta de Michael, dejando las carreras ilegales hasta más ver. No obstante, prefiere mantener su empleo en el Pub, no sea que este bonito sueño no sea más que una nube pasajera, aspecto que Slender comprende y opta por respetar del muchacho, en pro de menos horas de entrenamiento.

–¡Bien, pues no tenemos tiempo que perder, chaval! Ven conmigo –Slender, eufórico, invita a Robert a pasar a uno de los boxes para mostrarle su nuevo atuendo de trabajo. Se trata de un mono de competición con bastante carga emocional para Slender, pues lo llevó durante años en sus tiempos de gloria, cuando era uno de los grandes del mundo del motor.

Robert entonces recuerda la leyenda y cae en la cuenta de que está ante una vieja gloria del motor, un hombre que hizo historia en el ruedo norteamericano durante los primeros años de la década de los setenta. El muchacho, fascinado y sobrecogido, no termina de salir de su asombro cuando viste el viejo mono, diseño de 1967. ¡Blanco y con franjas rojas y azules, como sacado de uno de esos cómics de Herbie!

–¡Vaya chaval, pero si es de tu misma talla! ¡Jajajaja! –La risa se contagia también a Robert, quién aún permanece asombrado.

Con un gran entusiasmo, Slender empieza a dar al cachorro sus primeras lecciones, le explica todo cuanto necesita saber para una primera toma de contacto con su nuevo coche, el De Tomaso Pantera.

Dicho bólido es una fiera capaz de lograr una aceleración y velocidad punta espectaculares, sobre todo para la época de dónde procede este deportivo de competición.

–Lo primero que debes tener en cuenta es que ya no llevas un bonito turismo con motor delantero, sino en posición central, es decir, el motor está bajo el capó trasero pero ubicado por delante del eje trasero, de modo que está entre ambos ejes –explica Slender. Robert queda intrigado por eso del motor central pero, para cuando estaba a punto de interrumpir a su interlocutor, éste prosigue–. Que un coche tenga un motor en posición central significa que tiende al subviraje y al derrape con mucha más facilidad que otros coches, lo que supone un problema para novatos porque una fiera de tales características se te puede ir a la cuneta con la menor filigrana. Por tanto, lo primero que vamos a aprender es a manejar los mandos de tu nuevo bólido con suavidad y progresividad; la clave es la progresividad en todas y cada una de tus maniobras –incide Slender.

Con objeto de instruir a su aprendiz de un modo más eficaz, Michael pilota el coche, mientras Robert ocupa el asiento del copiloto, fijándose en la precisión, progresividad y determinación de cada una de las maniobras que el maestro ejecuta.

Durante 3 días, Robert no hizo más que observar a Slender desde el puesto del copiloto, para después tomar el asiento del piloto con más asiduidad, hasta que la destreza y habilidad del muchacho fueron creciendo notablemente, momento en que pasó a ocupar el puesto del piloto durante todo el tiempo, pese a tener varios derrapes y pérdidas de control del vehículo. Típicos gajes del oficio.

Después de un mes de prácticas, la siguiente fase del entrenamiento estaba clara: sabiendo pilotar el bólido, ahora tocaba perfeccionar sus destrezas, había que ejecutar cada maniobra cada vez más rápido, hacer los circuitos en cada vez menos tiempo. De este modo, Slender cronometraba al joven piloto en cada prueba, comenzando por las clásicas de sortear conos y otros obstáculos, para terminar con el mini–rally, que consiste en un tramo de asfalto, tierra y grava, que debía hacerse en dos minutos y medio.Aunque sus registros con las pruebas de conos iban mejorando notablemente, hasta casi alcanzar el nivel deseado por Michael, la prueba del rally se resistía. Robert no conseguía mejorar su registro en 2:57 minutos. En el mundo del motor, uno o dos segundos es la diferencia entre el vencedor y los demás, pero más de 15 segundos es un lujo inconcebible.

Pasan las semanas, ya son un par de meses desde que comenzaron los entrenamientos y, aunque tardíamente, hoy, 2 de noviembre, empieza a llover en Springfield.

–Bueno, hoy no tenemos entrenamientos –afirmó con cierta pereza el joven Robert.

–¿De veras?, y ¿quién te ha dicho eso? –replicó Slender.

–No sé, supongo que, si pilotar en seco el De Tomaso es difícil, en mojado será imposible –especuló Robert con pocas ganas de pilotar bajo la lluvia.

–De eso nada, chaval, ponte el mono que, con o sin lluvia, tú te pones a los mandos. –Poco convencido de la idea de pilotar sobre mojado, Robert se sienta en el puesto del piloto y, con más pompo que circunstancia, arranca el coche, según sale a pista todo timorato.

–¡Venga hijo, que no estás paseando a Miss Daisy! –espeta Slender al muchacho a fin de que se quite el miedo a la lluvia. Robert le mira de reojo, jurando en sus adentros lo habido y por haber. Poco después, va acelerando con más determinación pero, al ejecutar las primeras maniobras con los conos, pierde el control del coche y éste derrapa bruscamente. Por suerte hay mucho espacio abierto y tan solo se han derribado unos cuantos conos. Slender no le dice nada, a fin de no aturullar al muchacho. Éste respira hondo y se tranquiliza, vuelve a la carga con una nueva maniobra; está lloviendo a cántaros y el asfalto parece un lago gris. No obstante, Robert se dispone a ejecutar una nueva filigrana, el coche una vez más se va a hacer vientos…

Tras media hora de no dar pie con bola, Robert empieza a ponerse muy nervioso y hace algunas maniobras bruscas.

–¡Progresividad, progresividad! –insiste con paciencia Slender–. Recuerda que todo cuanto hagas con el coche debes hacerlo con tacto y cariño, la lluvia no es diferente del clima despejado, solo es más difícil, porque todo es más sensible, pero no es imposible. –Robert pega un suspiro de los que dejan medio pulmón fuera, cuándo espeta:

–¡Mira, esto es un rollo, no hay manera de hacerse con el coche con este tiempo, es imposible, punto!

Percatándose de que el joven piloto no estaba en condiciones de proseguir con la lección, Michael decide continuar el próximo día, dándole libre el resto del día para reflexionar y tranquilizarse. Por suerte, a la mañana siguiente Robert reflexiona y pide perdón por su comportamiento, le manifiesta que se sintió impotente al volante y por eso reaccionó como tal.

Transcurren los próximos días entre tediosos entrenamientos, algunos con lluvia y otros con asfalto seco. El muchacho parece hacerse al bólido bajo condiciones climatológicas adversas, cuando Slender decide un buen día lluvioso que ha llegado momento de que el cachorro realice el tramo de rally, con el terreno embarrado y encharcado por la lluvia.

Robert, con buena voluntad aunque poca fe, se decide a intentar hacer el recorrido bajo tales condiciones y en no más de 2:50 minutos.

El primer intento es casi de chiste, apenas consigue mantener el control del bólido sobre el tramo de asfalto, cuando en una curva de 81º pierde el control saliendo disparado contra la maleza, sin sufrir daños, por fortuna.

La segunda vez, consigue llegar al tramo de barro y grava, pero no controla la transición del asfalto mojado al barro húmedo, dando el coche varias vueltas sobre sí mismo antes del terminar otra vez en la cuneta.

Robert lo intenta varias veces más y tan solo logra perder de nuevo los nervios, otra vez aparece la dichosa impotencia.

–¡Lo siento, tío, en serio, esto que me pides es imposible! Además, si tan fácil te parece, ¿por qué no lo haces tú, eh?

–Pues porque yo no soy el piloto, tú sí y eres quién debe aprender –replica Slender.

Robert sale del coche, enfadado, con rabia e impotencia en un cóctel molotov muy poco conveniente, pero entonces Michael coge al toro por los cuernos.

–Está bien, muchacho, siéntate en el puesto del copiloto y presta atención. –Robert obedece de mala gana, con más soberbia que disposición para aprender.

El maestro se pone a los mandos de la fiera de carreras, inicia el rally desde el comienzo, indica a Robert que se ocupe de cronometrar la prueba. El motor ruge y empieza la demostración, mientras llueve a cántaros. Slender toma la trazada de las curvas con precisión y endiablada rapidez, sin cometer un solo fallo mantiene el control del vehículo y ejecuta algunas maniobras límite valiéndose, incluso para tomar curvas de 120º, del uso del freno de mano. Todas ellas con sobrada maestría y sin perder minutos preciosos por alguna pérdida de adherencia. Slender completa el rally, con un aprendiz en el puesto del copiloto que no puede salir de su asombro. La marca registrada por el crono es aún más espectacular. ¡2:27 minutos, y encima bajo un tiempo horrible!

–Yo… no puedo creerlo –afirma impresionado el joven Robert.

–Claro, por eso estabas fallando –replica Slender–. En fin, creo que ya es suficiente por hoy, chico, mañana más.

Apenas quedan días de noviembre cuando empieza a nevar contundentemente. Puesto que el cachorro ya tenía bastante con aprender a pilotar bajo la lluvia, además de dominar el asfalto seco, Michael decidió suspender temporalmente los entrenamientos hasta febrero del año siguiente, para ir recuperando la práctica hasta que llegara mejor tiempo.

–Bueno, muchacho, creo acaban de llegar las vacaciones de Navidad, un tanto anticipadas, por cierto, puesto que no volverás a entrenar hasta después de enero; en cuanto al sueldo, percibirás tus 450$ cada mes como pagas extras, la primera ahora, el resto cuando vuelvas –explicó Slender. El muchacho, todo agradecido, aceptó la oferta y le preguntó a éste si tenía familia con quién pasar las fiestas de Navidad. Slender eludió una respuesta directa diciendo que su familia era el equipo, los denominados Test–Drivers, de los que ahora tan solo quedan cinco profesionales: dos Ingenieros, el piloto Roy Aagus, Michael Slender y el jefe del equipo Ewan Rolf.

Robert comentó a Slender que prefería pasar las fiestas con sus padres, su única familia, pese a la propuesta por parte de éste de celebrar con el equipo alguno de los días para esas fechas.

Transcurren las semanas bajo un gélido frío, típico del norte de los EEUU. Las calles de la ciudad de Springfield quedaron cubiertas por casi 10 centímetros de nieve, convirtiendo en una odisea cualquier salida en automóvil. Durante este período, el joven piloto, entusiasmado con el futuro al que puede aspirar, decide no ocultar por más tiempo a sus padres todo lo que está haciendo durante el día: los entrenamientos, lo del equipo y la posibilidad de ganar mucho dinero. Su padre recela de lo que su hijo le cuenta, no se cree que un Señor que ofrece el oro y el moro, teniendo además como infraestructura un pobre equipo de desconocidos, pueda ser trigo limpio. Es más, incluso llega a instarle al muchacho, utilizando su autoridad paterna, a abandonar tal locura. Con semejante percal doméstico, transcurren los meses de diciembre y enero. El pobre muchacho tiene la cabeza como un bombo y prefiere obedecer a su padre, auto convenciéndose de que tal vez todo eso de los Test–Drivers no sea más que una patraña.

Primero de febrero de 1986. Slender espera ansioso a Robert para retomar los entrenamientos pero, por alguna razón, no se presenta en Hinton Park–Springs.

Pasan varios días y el muchacho sigue sin volver por allí.

–¿Qué narices le habrá pasado a este chico?¿Se puede saber dónde se habrá metido? –se preguntaba, inquieto, Slender.

Finalmente, éste decide ir a la caza y captura del muchacho, yendo a buscarle al Pub donde trabaja por las noches. Cuando lo ve allí, Robert con la cara colorada trata de hacerse el esquivo…

–¡Hola, muchacho! ¿Qué es de tu vida? Te he estado esperando estos días –interviene Slender.

Aunque Robert se muestra desconfiado e intenta escapar del compromiso que había adquirido mediante evasivas, Slender va directo al quid de la cuestión averiguando de dónde le venían ahora tantas dudas después de todo. Consigue sonsacarle que todo se debía a que a su padre no le parecía correcto lo que estaba haciendo.

Tras la discusión y aclarar algunos puntos, Slender incide en una cuestión clave.

–Mira, sé que la obediencia a un padre es algo sagrado, pero hay momentos en la vida en los que tú debes escribir el guión y los renglones de tu propia vida. Hay decisiones que nadie debe tomar por ti. Tú tienes ahora la ocasión de oro de convertir un sueño en realidad, cuando hay millones en el mundo que apenas tienen nada. ¿No crees que es hora de que le eches valor y decidas cuál ha de ser tu destino?

Robert, con dudas y un gran conflicto interno entre obediencia y sueños, opta por terminar lo que ha empezado; volverá a ponerse el mono y a pilotar su propia vida.

Los primeros días de entrenamiento en esta segunda vuelta están pasados por agua y alguna que otra helada. Lo cierto es que, pese a la dificultad y a no haber vuelto a entrenar en dos meses, Robert responde notablemente a las expectativas de Slender.

El muchacho comienza a crecerse, adquiriendo una mayor destreza en todas las pruebas, aproximándose a los 2:35 minutos en la prueba de Rally. Con todo, el balance de este mes de febrero, aunque incompleto, resulta muy positivo.

Comienza el mes de marzo con lluvia moderada, aunque con heladas más fuertes incluso que en meses anteriores. Slender insiste en lo referente a pilotar con hielo en el firme, pues algunos tramos de asfalto resultan especialmente peligrosos. Aun con todo, Robert progresa positivamente.

El 9 de marzo se convertirá en una fecha que todo el equipo difícilmente podrá olvidar: aquella mañana, Robert se puso al volante de su fiera de carreras con especial entusiasmo, rebosante de confianza le dijo a Michael que hoy iba a ser un día grande, sobre todo porque el cielo estaba totalmente despejado, lo que significaba la ausencia de precipitaciones en toda la jornada.

–Tranquilo muchacho, no te emociones tanto –le replicó Slender para que mantuviera la cabeza fría durante la prueba. El muchacho estaba decidido a batir la marca de los 2:30 minutos de una vez por todas.

Michael cronometra la prueba desde fuera. Robert pilota el De Tomaso en solitario, sin nadie que le corrija desde el asiento del copiloto. Todo comienza de maravilla; el muchacho sale como un relámpago tomando vertiginosamente y con suma precisión la trazada de las curvas, apurando casi al límite.

Tanto Slender como Aagus intercambian miradas de complicidad y grata sorpresa por la actuación del muchacho; esta vez va camino de batir la marca.

Robert se dispone a efectuar la transición del tramo de asfalto al de tierra y grava, pese a que el firme presentaba una serie de complicaciones debido a la helada y la humedad por la lluvia de la noche anterior. Ejecuta las maniobras con suma destreza, sin perder el control del bólido por un solo instante.

El cronometro marca exactamente 2:02 minutos cuando, en un exceso de confianza, Robert toma una prolongada curva con cambio de rasante más rápido de lo debido y el deportivo da un salto de casi un metro de altura a más de 190 Km/h. Cuando el muchacho quiere rectificar, gira con brusquedad el volante para evitar irse contra la maleza, pero entonces el De Tomaso vuelca estrepitosamente, dando vueltas de campana durante casi 200 metros cuesta abajo.

La sorpresa se traduce en un shock brutal. Durante unos segundos, todo el equipo se quedó atónito mientras veían al bólido dar vueltas de campana. Por suerte, los ingenieros enseguida instaron al resto para acudir al rescate del piloto atrapado entre los hierros de un coche destrozado. Las cosas no se ponen mejor cuando sacan del coche al joven aspirante. Robert estaba inconsciente, sus constantes vitales estaban al límite, su vida corría un grave peligro.

Tras una carrera desesperada por salvar su vida, ingresan al muchacho en el hospital central de Springfield y, tras una fatídica operación, logran estabilizar sus constantes vitales, pero aún permanece en estado de coma.

La noticia llega enseguida a manos de sus padres, quienes acuden de inmediato al hospital. El padre, creyendo que su hijo no volvería a la loca idea de hacerse piloto, arremete furioso contra los miembros de equipo, quiénes intentan calmarlo para evitar que las cosas aún se pongan peor. Lo cierto es que nada mejora las cosas cuando se descubre que realmente la madre de Robert sabía la verdad y se la había estado ocultando a su marido.

En el momento más tenso, el padre de Robert sufre de un ataque al corazón, una mala combinación entre problemas cardíacos por colesterol y la mala sangre de una furia inoportuna son más que suficientes para un buen disgusto. Por fortuna, lo atienden de inmediato, a tiempo de que la cosa no pase del susto.

Pasan los días y Robert no muestra ninguna señal de mejoría, sólo queda un mes escaso para el comienzo de la competición y el muchacho aún no ha terminado el entrenamiento necesario; ni siquiera se sabe si después de este percance podrá volver al mundo del motor, si es que sobrevive.

Slender intenta disculparse ante los padres de Robert por todo lo sucedido, pero el padre del muchacho no quiere verlo ni en pintura; cada vez que intenta acercarse, una fulminante mirada lo echa para atrás. Michael se siente destrozado interiormente, su sentimiento de culpa a raíz de los últimos sucesos hace que ni siquiera piense en buscar un sustituto para la competición que está ya a las puertas.

Buscando, indagando en su interior, no hay más que fango: una carrera profesional mutilada por el accidente de 1975; una familia perdida solo por el orgullo de no aceptar otro futuro aparte del mundo del motor. En cuanto a su patrimonio, ya tirando de sus reservas. Por si fuera poco, su última esperanza, puesta en Robert Slater, ahora también se trunca…

Con tal panorama, uno de esos días en los que no tienes nada que hacer ni nada que perder, se topa, según merodeaba en solitario por Springfield, con una Iglesia. Normalmente, y como buen ateo que nuestro querido Michael es, jamás se hubiera detenido ante un edificio semejante, para él solo útil cuando te casas y para cumplir con los compromisos.

Sin embargo, quizás porque estaba totalmente hundido, esta vez decidió entrar…

Michael decide sentarse en uno de los bancos de atrás, buscando recogimiento para todo aquello que le estaba matando por dentro. Pasados los primeros diez minutos, empieza internamente a arremeter contra Dios, acusándole de todas sus desgracias.

Pero pasado un tiempo se queda sin fuelle, sin argumentos que seguir escupiendo desde su alma y, desarmado internamente, empieza a llorar. Permanece dentro de la Iglesia durante casi dos horas, cuando el Sacerdote se dirige a él para ver qué rondaba por esa cabeza tan atormentada. Slender le cuenta que había entrado por primera vez en años en una Iglesia porque se sentía perdido, no sabía cómo enderezar una vida que no tenía sentido. Al poco, el Sacerdote invita a Michael a reconciliar todos los aspectos de su vida que no encajan; así es como le ofreció una primera confesión.

Nuestro atormentado amigo siente, tras descargar todo lo que llevaba dentro y aceptar el perdón de Dios, que una carga se había aliviado dentro de su corazón, como cuando se quita una losa de encima.

Después, y lejos de querer irse de allí en breve, Michael le pide al Sacerdote si puede quedarse un rato; necesita pedir un milagro por alguien que aún tiene todo por delante y merece una vida mejor, una nueva oportunidad. El Padre Matthew accedió sin reservas, pues aún quedaban un par de horas hasta que cerrara la Iglesia. Slender permaneció rezando y suplicando hasta entonces con todo su corazón. Lo cierto es que no tenía otra cosa mejor que hacer después de todo.

Al día siguiente, bajo un amanecer gris y lluvioso, suena el teléfono en casa de Slender. Las noticias son extraordinarias: ¡Robert ha salido del Coma!

Lleno de júbilo, Michael Slender se dirige a toda prisa al hospital. No podía creerlo, tenía que ver con sus propios ojos lo que casi parecía un milagro: el chico había despertado.

Una vez en el hospital, se reúne una buena mezcla explosiva: los padres de Robert y el equipo Test–Drivers estaban todos presentes para ver al muchacho. Por fortuna, la alegría superó las rencillas y no hubo tensiones entre los presentes, incluso cuando Robert dijo a su padre desde la cama que, en cualquier caso, iba a terminar su entrenamiento y a participar en la Copa Springfield.

Su padre terminó asintiendo, con la condición de que estuviera totalmente recuperado para volver a pilotar, aspecto que nadie se atrevió a discutir.

Ahora, tan solo quedan dos semanas para un nuevo milagro: que Robert se recupere y que además recobre la destreza adquirida.

Con extraordinaria fuerza de voluntad y un humor excepcional pese a las complicaciones, el muchacho retoma los entrenamientos a falta de seis jornadas para el gran día, su debut como piloto en una competición oficial. Por fortuna, Slender había conseguido un nuevo De Tomaso, modificado a última hora para competición, a base de un sustancioso préstamo.

Robert se decide una vez más a intentar quitarse la espina que lleva clavada todo este tiempo: batir la marca de 2:30 minutos en el rally de prueba. Sale una vez más como una bala, determinado a conseguir su objetivo, toma la trazada de las curvas con total precisión y rapidez, mantiene el control del coche en todo momento, sin perdidas de adherencia sobre el firme. Llegado el punto culminante frente a aquel dichoso cambio de rasante, reduce la velocidad –la prudencia se impera en ese tramo crucial– para terminar saliendo como una bala hacia el final de la bajada. Se dispone a tomar la última curva del rally, una horquilla cerrada que precisa del uso del freno de mano para tomarla a casi 80 Km/h, llega al final y… el cronómetro marca 2:26 minutos. ¡Hurra!

Finalmente, llega el gran día, los nervios están a flor de piel y se respira la tensión de la viva emoción en el ambiente; está a punto de dar comienzo la V Copa Springfield. Torneo que consta de 8 tramos por carretera, con algunos caminos secundarios de tierra. Ocho son los participantes del mismo.

Los pilotos se dirigen a sus respectivos bólidos para calentar motores. Minutos después, van presentando por megafonía, uno a uno, los deportivos y a pilotos participantes, según van tomando posiciones en la parrilla de salida.

Los mismos son: con el número 1, el Lamborghini Countach de Dino Martinelli; con el número 5, el Ferrari Testarrossa de Max Turner; con el número 9, el nuevo Porsche Turbo de Phillip Herbert; con el número 17, el Chevrolet Corvette de Thomas Fergusson; con el número 7, el Lotus Esprit Turbo de Colin Williams; con el número 6, el BMW–M1 de Mark Stevensson; con el número 12, el Masserati Bora de Giusseppe Neri; finalmente, con el número 13, el De Tomaso Pantera de Robert Slater.

Los nervios están a flor de piel en todo el equipo de los Test–Drivers –quienes hacía más de 10 años que no volvían a una competición oficial–, con la ilusión renovada de comenzar algo nuevo, con ese cosquilleo que uno siente desde sus entrañas cuando la emoción y el temor se entremezclan, sabiendo que lo que está por pasar marcará un antes y un después en sus vidas. Algo así como sentir todos los momentos más especiales de tu vida como si fuese de nuevo la primera vez.

Todas las presentaciones ya están hechas, los pilotos están prestos para comenzar la primera carrera de la copa, las pulsaciones se aceleran a la espera del pistoletazo final de salida. Por megafonía se oye con un cierto eco la cuenta atrás:

–Tres, dos, uno…

Los bólidos salen de la parrilla de salida con furia, ocho bramidos al unísono ensordecen al público espectador, decenas de miles de personas se hallan agolpadas para ver el espectáculo.

Pronto se ponen en cabeza los favoritos. Liderando la carrera, tenemos al Lamborghini, que aprovecha su extraordinaria aceleración para sacar distancia al Testarrossa de Turner. Detrás de estos, se disputan los puestos encarnizadamente. Robert consigue pasar al sexto puesto por delante del Masserati Bora.

Tras una primera parte de prolongadas rectas, sobrevienen varias curvas cerradas.

–¡Vamos, chico, ahora es cuando puedes acercarte a la cabeza! –exclamó en voz alta Slender, incapaz de contener la emoción.

En efecto, las curvas son la oportunidad para que los coches menos rápidos, aprovechando una mayor pericia, puedan dar caza a los más veloces. Robert apura el tiempo de frenada y logra situarse tras la cola del BMW–M1, en quinta posición.

Se van sucediendo las curvas, el BMW cuenta con una aceleración lateral excepcional, superior a la del De Tomaso. Pese a dar lo mejor de sí, Robert no logra dar caza a su oponente, derrapando inoportunamente en la penúltima curva.

Finalmente, el BMW de Stevensson adelanta al Porsche Turbo de Herbert. Robert, pese a la pérdida de 1,5 segundos en dicho derrape, consigue mantener su sexta posición, aguantando el envite en esta ocasión del Corvette de Fergusson, quien llegó a superar en una de las curvas al Masserati.

Llegamos a la parte final de este primer trayecto. Se suceden varias chicanes con algún cambio de rasante. Aunque, por un momento, Robert estuvo a punto de superar al Porsche Turbo, éste mantuvo su posición, finalizando la carrera como sigue:

  1. Lamborghini Countach (Dino Martinelli) 10 puntos.

  2. Ferrari Testarrossa (Max Turner) 8 puntos.

  3. Lotus Esprit Turbo (Colin Williams) 6 puntos.

  4. BMW–M1 (Mark Stevensson) 5 puntos.

  5. Porsche Turbo (Phillip Herbert) 4 puntos.

  6. De Tomaso Pantera (Robert Slater) 3 puntos.

  7. Chevrolet Corvette (Thomas Fergusson) 2 puntos.

  8. Masserati Bora (Giusseppe Neri) 1 punto.

Tras este primer debut, un tanto desafortunado, Slender reúne al equipo para estudiar el segundo tramo de la copa y diseñar con Robert una estrategia que permita escalar posiciones en la general ahora que están a tiempo. Por desgracia, la próxima carrera es la típica en la que parece que un buen piloto puede hacer maravillas con su bólido, mientras que son las prolongadas rectas, tras cada curva, las que, por simple ecuación de velocidad punta, casi determinan el resultado final de sus participantes.

Lo bueno es que la velocidad punta del De Tomaso rebasa los 270 Km/h, lo que da a Robert una buena oportunidad frente a otros contrincantes de tomar una cierta ventaja.

(CONTINUARÁ…)

Queridos lectores, como autor, yo ya conozco el final de esta historia. Sin embargo, me gustaría haceros partícipes de la misma, para lo cual os propongo un reto. Escribid el final de esta historia en el momento de mayor emoción, imaginaos el resto de la V Copa Springfield; conocéis los bólidos y sus pilotos.

¡Dadles vida hasta el momento de la meta final! Suerte.

Próximamente estará disponible la versión resumida completa de esta historia. ¡Gracias!

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