I

por Elena Rincón

Te digo: o somos piel o somos huesos.
No somos más.
Piel qué necesita del aire; nada.
Huesos locos por sus «huesos».

–¡Llévame contigo, que no conozco otro camino que el de la escarcha que quema!
–¡Suéltame –me grita el viento–, ya estoy harto de silbar sonatas de un solo movimiento!

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Acciones mortales

por Elena Rincón y Glorika Adrowicz

La puerta del salón se cerró de golpe a las 3:23 de la madrugada. Gala sabía que era esa puerta, y no otra, porque la vibración del cristal central perduró unos segundos después del portazo.

Se levantó y se dirigió al salón tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a preguntarse qué podía haber cerrado esa puerta. Cuando su mano ya agarraba el picaporte que permitía acceder a la habitación más grande de la casa, recordó que esa noche estaba sola. Se asustó y, por unos instantes, permaneció detrás de la puerta dudando qué hacer. Intentó pensar con claridad. Luis, su marido, era enfermero y tenía turno de noche, por lo que era bastante improbable que hubiera sido él. «Quizá haya sido la corriente» pensó, pero no recordaba haber abierto la ventana. No dejó que el miedo la paralizara y por fin se decidió. Giró el frío picaporte y, lentamente, fue asomándose a la habitación. Recorrió con la mirada el salón escasamente iluminado, pero lo único que percibió fue un inusitado descenso de la temperatura que al instante provocó que un escalofrío recorriera toda su espalda. Los ojos de Gala se acostumbraron rápidamente a la luz de la luna, que cada vez, con mayor claridad, iba dibujando el contorno de todo lo que se encontraba en el salón. No encontrar ninguna razón aparente para que la puerta le hubiera despertado aquella noche desencadenó en ella una amarga sensación. Respiró hondo y dio dos pasos, sumergiéndose en la oscura habitación, con la intención de llegar al interruptor lo antes posible. Sin embargo, antes de alcanzar la deseada luz, algo la detuvo.

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