La extraña prueba o La importancia de la imaginación

por T.

Hace mucho, pero mucho tiempo, cuando los días de invierno se hacían notar, el frio y el viento lo inundaban todo y la nieve borraba los caminos. En esos cortos días y largas noches, nos reuníamos en torno al fuego para asar castañas y oír las viejas historias del abuelo. Nunca supe a ciencia cierta si todas aquellas historias las inventaba él o algunas se las habían contado, pero sí recuerdo con bastante claridad que todas empezaban igual, como si de un ejercicio de escritura se tratara: «Hubo un tiempo en el que todo podía ser: había nieve en invierno y carbón en la carbonera; al vendedor de piñas se le llamaba piñero y al de melones, melonero; las ovejas en rebaño pasaban por la calle y los días tenían muchas más de veinticuatro horas; tal era el estado de cosas cuando, me contaron,…» y a partir de ahí venía propiamente la historia. Bien, yo no puedo asegurar que todo lo que me han contado sea verdad, ni que todos los cuentos sean un cuento, pero ya que la vida está llena de misterios y a veces de sorpresas, dejo las siguientes líneas al buen juicio de quien las lea.

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Julia R.

por Tomás Sánchez Asenjo

No sé qué hacer.

Conocí a Julia R. una tarde cuando, como de costumbre, trataba de escoger de entre las cajas del Super aquella en la que la operación de pago exigiera menos tiempo, gracias a su exigua clientela.

Me fascinó. Digna, casi altiva, me regaló una sonrisa apenas perceptible tras la invitación a pagar.

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Ternura

por Ausgusto Blasborg

Iba de cama en cama alegre y despreocupadamente. No sabía cuándo y cómo había comenzado ese camino, pero recordaba que ya de niño, en su casa superpoblada, debía desplazarse un par de veces cada noche, a medida que sus hermanos mayores regresaban del trabajo, cansados y con necesidad de dormir. Por la mañana, despertaba en el sofá. En aquellas circunstancias, no había nada anormal en tal ajetreo.

Pero a medida que crecía, la casa se despoblaba y heredó una cama para él solo; la angustia le impelía a correr al sofá y tumbarse durante varias horas, para volver a su cama antes de que nadie se despertase y notase su actividad.

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Princesa

por Carla

Érase una vez la gran princesa Momo.

Momo vivía en el reino de Zuhila, gobernado por su padre, el impetuoso rey Asmathus, y su madre, la hermosa reina Hera.

En este reino se forjaban grandes leyendas, y de sus tierras provenían los invencibles príncipes de los cuentos. Y, claro, en la familia de Momo las cosas no cambiaban mucho de las leyendas.

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Reflexiones

por El Ra

–Estar enamorado de aquella persona, pero no sabes qué hacer. Todos los días la ves, no sabes quién es… y pensar que un día la conocerás.

–¿Quién eres? ¿Qué haces? ¿Por qué?
Estas preguntas te pueden ayudar mucho, ayudan a conocerse a uno mismo.

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Enemigos íntimos

por Kathy

Pero, esta vez, no iba de farol;
al día siguiente se afanó una cuerda
y, en lugar de rezar una oración,
mandó el mundo a la mierda…

El flaco se ahorcó el martes 8 de febrero, a las 11 de la noche, con la chalina que le tejió su madre hace 25 años. Según el parte policial, un par de horas antes tuvo sexo con Lili Marleen, una prostituta de 28 años y dos kilos de siliconas encima. La pequeña y oxigenada Lili le dejó un corazón dibujado con lápiz labial en el espejo del baño, y olor a aceite de cocina en sus sábanas desteñidas. Se encontraron dos copas al lado de su cama, una de ellas rota, y una botella de un cabernet sauvignon. Antes de eso, compró dos kilos de lomo fino en un supermercado y se los dio a su perro, que vomitó antes de terminarlos de comer (seguro eso pasa cuando se da carne fina a un estómago acostumbrado a buscar entre la basura de los chifas del barrio chino). El caso es que, salvo el hecho de que ganara cinco mil dólares al apostar diez verdes al rojo 16 de la ruleta del Altlantic, todo lo demás sucedió como el flaco dijo que debía suceder. El flaco era un hombre de palabra.

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