Portacaquitas (Saga Elf O’Goso, II)

por Glorika Adrowicz

Al Actual Señor del Panteón le gustaba mostrarse en aquella forma, dechado de virtudes en que ansiaba educar a sus adoradores. Honesto, laborioso, cabeza de familia, el Sagrado Escarabajo se paseaba por la cercanía de los poblados empujando su bola de estiércol para admiración de mayores y regocijo de niños. Bien es verdad que las culturas más curiosas, las más metódicas en sus investigaciones naturales, jamás habían llegado a comprender la utilidad de aquellas fatigas, toda vez que Portacaquitas –así era denominado por aquellos descreyentes– se veía obligado a abandonar sus bolitas tras lo que él consideraba su misión pedagógica, pues su esposa Susurro de Viento, Diosa del Trueno, del Rumor de las Lenguas Enfermas y de Otras Varias Gracias, jamás se había dignado acometer tan esforzada tarea, ni fingir siquiera que ponía huevos en la bola de la que aquellos debían alimentarse tras eclosionar. Pero el Actual Señor del Panteón, cuyos nombres tapizarían el cielo si alguien se tomara la molestia de encontrar la forma de escribirlos allí y el trabajo de hacerlo, se mostraba pragmático y realista, consciente de que no se podía llegar a todo el mundo, y daba su tarea por buena siempre que escuchaba una plegaria en la que alguien agradecía, al menos, que los dioses le hubieran concedido forma humana y no le hubieran castigado a aquella existencia vil de la que, sin embargo –añadía–, tanto había aprendido.

Aunque no lo reconocía públicamente, y menos aún en planos de existencia superiores, que podríamos denominar gloriosos, a veces aquel tipo de afirmaciones le dolían en lo más íntimo, y sus seis divinas patas se removían inquietas bajo su gran coraza quitinosa. Le molestaba que su esposa Susurro de Viento, que podía adoptar la forma que se le antojara, jamás hubiera optado por ninguna de las innumerables adaptaciones coleópteras, y que incluso a sus gracias hubiera añadido la de Protectora de las Mujeres Adúlteras, mientras se paseaba por ahí en compañía de aquel Búfalo espectral. El Resto de los Dioses del Panteón se habían burlado y reído de él desde entonces, a su cara y a sus espaldas –todos menos Hierática, la Diosa del Humor, a quién todo aquello le parecía una tragedia cósmica (añadamos que su atributo no había sido elección suya, asumiendo con resignación el recuento de votos de la asamblea divina; durante varios eones, los dioses se golpeaban con los codos unos a otros cada vez que la plegaria de un cómico llegaba a aquel plano de existencia buscando a su legítima receptora, cuchicheando y observando expectantes la reacción de Hierática; jamás una burla, jamás un chiste, jamás una sonrisa habían modificado aquella Presencia). Para el Actual Señor del Panteón (en adelante, Sepan), la verdadera tragedia consistía en que, mientras él trataba de instruir a aquellos que creían depender de él, su señora se dedicaba a hacer cuanto le venía en gana delante de ellos, permitiendo que mitos absurdos tomaran forma y se desarrollaran en sinuosas estructuras insostenibles, erguidas mediante la simple fe y la ignorancia; que algunas de ellas acertasen con la verdad no podía fundamentar aquella actitud irresponsable. Decidió que, si bien su paciencia no se había colmado, era el momento de dar un toque a su esposa. Durante el último mes, tres veces se había ausentado sin explicaciones, cada una de las cuales por un periodo mayor que la precedente, ocultándose en alguna cueva de las llanuras no solo con Viento Acumulado, sino con aquel escultor de florecillas de las infeliz de los Iguanok, Elf’Ogoso; probablemente otro mito saldría de aquella relación, especialmente si Susurro de Viento se decidía a fabricar otro hijo a partir del aire, como solía hacer últimamente, solo para humillarlo; ya había escuchado los sinsentidos que afirmaban que ella y su mascota habían concebido una especie de Búfalos que transportaban los espíritus de los muertos hacia la otra vida. ¿Ella y Cúmulo? ¿Pero es que la gente no sabía nada de cómo se hacía una nueva especie? Para empezar, la cantidad de energía requerida era de tal magnitud que solo podía provenir del total agotamiento de un sol o, en su defecto, de un cabreo de los serios de Susurro de Viento. Ya había demasiadas especies, y su ritmo de desaparición era bastante sostenible por el momento. Y, en cualquier caso, ¿qué otra vida? Como si una no diera ya bastantes problemas.

Descendió a las llanuras donde la había localizado por última vez y se aproximó a la cueva, que por alguna razón quedaba fuera de su percepción desde las alturas. Cúmulo de Viento pastaba tranquilamente hierba inexistente con sus inexistentes mandíbulas; su inexistente cerebro creaba un mundo inexistente que coincidía punto por punto con el universo real, excepto, naturalmente, por el hecho de que en el universo real Cúmulo de Viento no existía en absoluto, ya que había sido devorado por hambrientos cazadores que habían dejado sus restos por ahí. Apenada por el hecho (y tras transformar a los cazadores en lombrices, cuya proliferación permitió el florecimiento de las culturas agropecuarias de la llanura), Susurro de Viento había fabricado una copia inexistente del animal, con todos sus recuerdos intactos excepto los fatídicos que lo ultimaron, y lo había mandado por ahí a no existir, provocando paradójicamente que aquellos con quienes tropezaba –por así decir– creyesen no solamente que existía, sino que era el mensajero que anunciaba el comienzo de las lluvias en primavera y otras cuantas patrañas semejantes. Susurro de Viento había dejado las llanuras hechas un verdadero asco, con todos aquellos rastros de las manifestaciones divinas pegadas a todas partes. Esquivó apenas una telaraña metafísica y se precipitó hacia la caverna.

Su precipitación, como todo en este mundo, debe ser considerado relativo; más una tendencia subjetiva del ánimo que un hecho comprobable por alguna de las diversas concepciones de la ciencia. En lo que concierne a Sepan, solo podía considerarse al nivel de su tamaño, por lo que cualquiera de un tamaño mayor, digamos, que una lagartija, no habría podido observar ningún cambio notable en el paisaje; podríamos afirmar que aquella mañana en la llanura se parecía mucho al arquetipo de una mañana en la llanura, si tal cosa puede ser concebida por una mente sana. Y hete aquí que, sin embargo, Sepan avanzaba sin pausa entre los crecidos pastizales, tan inflexible en su determinación que no se dejaba engañar por el estiércol irreal de Cumulo de Viento, a pesar de su instinto, y ya casi había llegado al límite donde su hermano Sol (que se mantenía siempre a prudente distancia, por si acaso a algún feliz se le ocurría forjar una nueva especie) veía impedido el avance de sus rayos por la roca sólida. Lejos de miradas curiosas, Sepan recuperó su gloriosa figura, lo que en la práctica significa que permitió que su cuerpo aumentase su volumen unas cincuenta mil veces, y se introdujo aún más en la caverna. Si lo hizo así, tan lejos se hallaba su intención de amedrentar como de sorprender, y no solo porque Susurro de Viento (Suvien desde ahora) fuera inmune a tales emociones, sino sobre todo por un tacto innato en quién era sobre todo un dios de bien. El sonido de su caparazón al chirriar contra las rocas contrapunteaba el retumbar de sus patas el percutir sobre la madre roca. Cualquier sombra recluida allí contra su voluntad con certeza huiría a lo más profundo antes de enfrentarse a tamaña amenaza extranjera.

En este punto, no obstante, eruditos más puntillosos argumentan y contra argumentan sobre si Sepan fue asaltado repentinamente por el terror prístino a la oscuridad primigenia o bien se trató de un colapso natural en un alma sensible ante una visión como la que se le presentó al doblar una esquina y arribar a una enorme caverna toscamente labrada. En la pared del fondo, impertérrita y más colosal de lo que Sepan hubiera llegado a temer nunca, Suvien se mostraba en todo su esplendor divino, viva imagen del éxtasis de la tormenta en que su cuerpo se metamorfoseaba. El Actual Señor del Panteón la llamó desesperado al percibir, tras varios minutos de terca (y admirada) observación, que no se había movido ni un pelo. Tras otro buen rato de meditación, se fue acercando, solo para comprobar que de pronto su egregia figura también se sumaba a la composición de la pared del fondo, con la salvedad de que, mientras se empequeñecía a medida que se acercaba a su esposa, esta persistía en su tamaño. Como, a pesar de todo su candor, había llegado donde había llegado sin tener que esquivar muchos codazos porque solía repartirlos él primero, Sepan se olió algo. Retrocedió unos pasos en sentido oblicuo, para no perder nada de vista, y halló la respuesta, viendo que alguien se había estado saltando su prohibición. Una hoguera, en un extremo lateral de la caverna, proyectaba la sombra de la figura esculpida de Suvien sobre el extremo contrario, agigantándola, y asimismo lo hacía ahora con su ya de por sí imponente figura. Así que ese era el misterio. Lo que hacía la Defensora de las Mujeres Adúlteras con el ex-escultor de florecillas.

Sepan no había mostrado su ira desde hacía demasiado tiempo como para que ahora le saliera de manera convincente; y no es que un escarabajo de cuatro metros de altura necesite mucha parafernalia para amedrentar a prácticamente cualquier criatura, mas se le notaba cierta falta de naturalidad –quizá porque la ira no es una emoción que se asocie afortunadamente con un escarabajo–. No obstante, aun cuando la parte más serena de su mente reconocía que a aquella estatua de su esposa solo le faltaba hablar (pero eso es otra historia), su misma existencia la condenaba.

Cuando los gigantes de piedra habían decidido que, ya que estaban compuestos por la materia que a su juicio más abundaba en este mundo, deberían ser ellos quienes lo gobernaran (o al menos disfrutar de alguna forma de autogobierno) y, para reafirmar sus reclamaciones, la habían emprendido a pedradas con los dioses, estos habían decidido que el genocidio no era tan mala solución como algunos la pintaban, ya que evitaba posteriores venganzas, y lo habían ejecutado tan rápida como efectivamente (tanto que, en su precipitación, por poco incluyen a Hierática en la “Solución Delfín” –nombre en clave de la operación). Para borrar incluso la memoria de aquella raza, se había proclamado una prohibición solemne: jamás nadie podría tallar figuras de seres inteligentes –cláusulas adicionales enumeraban, no sin prolongadas y agrias discusiones, listas de especies proclives a proveer al mundo de alguno de estos seres, bien que de tanto en tanto. Los dioses los primeros para que nadie se espantara.

Esculpir una lombriz, o un árbol, o incluso algún miembro especialmente obtuso de la clase gobernante de alguna de las culturas de las llanuras tenía un pase; con una plaga ocasional se podía poner en su sitio a cualquier artista. Si alguien se sentía demasiado tentado, siempre podía recurrir a la pintura (si bien, debido a la cantidad de material pictórico con que algunos artistas emborronaban sus lienzos, algún dios especialmente espiritual había alzado su voz, llegando incluso al extremo de comparar, regla en mano, se etéreo cuerpo con la masa tridimensional del pigmento. Solo Hierática había permanecido ídem ante el alborozo general).

Así, durante los últimos XXXX años, las cosas habían seguido su curso sin que nadie osara romper el tabú.

Y ahora, precisamente Suvien había violentado la más firme de las normas. Sepan no sabía qué hacer.

–“Justicia, supongo” –se dijo así mismo para alentarse.

Por el momento, dejó atrás la sombra, la estatua, la hoguera, recorrió el camino empedrado que le sacaba de la gruta y salió al aire puro en medio de un cielo estrellado que le brindaba infinidad de candelarias (XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX para ser exactos, afirmen lo que quieran los que no las crearon).

Se hizo una idea cabal del tamaño de su ira al constatar que no había modificado el de su cuerpo para salir al mundo, y esto se hizo evidente a través de un medio peregrino: la boca abierta en gesto aterrado de Cúmulo de Viento, de la que resbalaba hasta el suelo un sólido hilo de rumia inexistente. Sepan se preguntó de qué tendría miedo un ser irreal, pero reenfocó el pensamiento hacia un lugar más propicio a sus intereses: si la mascota estaba allí, la dueña no andaría lejos. Meditando en la sabiduría que pondera la inacción como arma efectiva, Sepan inactuó esperando a pie firme allí donde se encontraba y, si no vio pasar el cadáver de su enemigo, comprobó cómo se acercaba su vital esposa.

–Colijo que su bello nombre perdido ha el mi secreto –tronó sonriendo; siempre que la escuchaba hiperbatear, Sepan anticipaba una humillante derrota. Desde su justa ira, decidió luchar.

–Coliges bien, Suvien –rimó, demostrando involuntariamente su nerviosismo.

Ella se echó a reír.

–¿No soy bella? –sin perder la risa.

–Lo eres –respondió de la manera más acertada el Sagrado Escarabajo.

–Sí, lo soy; y también soy portadora del derecho de contemplar la belleza –sostuvo irrefutablemente.

Sepan sabía que no podía oponerse a su retórica y que sus palabras se escanciarían en sus propios oídos cual veneno deleitoso.

–Has quebrantado la prohibición –acusó, aunque, a aquellas alturas, más que recuperar la iniciativa, parecía esgrimir un argumento excéntrico.

–Guárdame el secreto –sonrió más, acentuando la ironía de su mirada.

Tal vez si Cúmulo de Viento hubiera participado de alguna manera en aquella conversación –con su estúpida sonrisa bovina, por ejemplo–, Sepan hubiera recordado realmente lo que era la cólera, pero el búfalo se mantenía a una más que prudente distancia de ambos, tratando de parecer, esta vez sí, lo más inexistente posible. En esas condiciones, Sepan se hallaba desarmado ante su esposa.

–¿No harás de esto un mito, algo así como la necesidad de una peregrinación anual o un rito de iniciación para que los jóvenes de las llanuras alcancen la edad adulta? –interrogó con temor creciente, al tomar plenamente conciencia de que estaba instalando ideas donde no las había habido.

Pero Suvien, divertida, se limitó a observar a su mal esposo como la buena esposa que no era.

–Palabra de Trueno que quedará entre tú y yo… y el artista –ofreció.

Sepan trató de convencerse de que la creía, aunque la capa del Rumor y el Adulterio se inflamaba con un viento propio.

–De acuerdo, por esta vez –concedió–. Pero que el Resto de los Dioses del Panteón lo ignoren –casi se había atrevido a ordenar–. Porfa…

Susurro de Viento le miró de arriba abajo, sonrió y accedió. Inmediatamente se dio la vuelta, adquirió forma de búfalo mientras caminaba y se fue con Cúmulo a pasear por la llanura.

El Actual Señor del Panteón les observó apenas unos instantes. Recuperó su forma propia en este mundo sublunar y fue acercándose lentamente a algún poblado, al que llegaría con las primeras luces del día con una bolita extraordinariamente bien formada.

***

Nota: El universo de Elf O’Goso aparece en los siguientes cuentos: Elf O’Goso, Portacaquitas y Divina Hierática.

3 pensamientos en “Portacaquitas (Saga Elf O’Goso, II)

  1. Pingback: Resultados: cuentos de mascotas | Lee los lunes

  2. Pingback: Elf O’Goso | Lee los lunes

  3. Pingback: Material Extra de Lee Los Lunes nº 2 | Lee los lunes

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *