Luna roja

por Glorika Adrowicz

La breve excursión, apenas preparada, no me debería llevar más de dos horas; en la tele aseguraban que el momento álgido no duraba mucho menos, y el Parque de la Paz estaba a un minuto escaso de mi sofá. Me había acostado tarde, pensando que podría aguantar en vela, pero tuve que poner el despertador cuando fue evidente que el sueño me vencía. Iría solo, así que podía conectar la alarma con el tiempo justo, sin tener que calcular esperas ni otros retrasos. Mis propuestas habían sido rechazadas de manera tanto colectiva como individual por trabajadores, estudiantes, paradas y ociosos, que argumentaron la madrugada y la realidad del sueño fisiológico contra la curiosidad por algo que, a fin de cuentas, se repetiría en unos años y podía verse por Internet a cualquier hora, y en circunstancias de contaminación lumínica mucho más favorables. No sé si a ellos les satisfacían íntimamente dichas razones; no fue mi caso. A pesar de todo, resultaba cierto que el parque estaba demasiado iluminado; durante toda la semana me había imaginado que, por esa noche tan especial, el ayuntamiento quizás habría preparado en los barrios lugares acondicionados para que los vecinos pudieran contemplar el eclipse en todo su esplendor, dotándoles con especialistas que explicaran el evento a los neófitos, ávidos de conocimiento y maravilla. Pero no; esta vez, las abundantes luces no eran las de la razón, sino las de las farolas cotidianas que malgastaban parte de su energía hacia los cielos, oponiendo sus haces inmediatos a aquellos que nos llegaban tras millones de años de travesía. En todo caso, tampoco parecía que el evento hubiese atraído a las masas. Quizá se debía a la mala fama, pues a mis oídos han llegado frecuentes rumores acerca de la peligrosa población nocturna del Parque de la Paz, pero, si he de juzgar por lo que vi esa noche, resultan infundados. Observé a una pareja, ni jóvenes ni aún maduros, que recorría, como yo, la periferia cementada, examinando cada pocos pasos si su nueva ubicación mostraba mejoría visual, búsqueda infructuosa y cobarde, pues era precisamente el perímetro exterior lo más iluminado; dirigí mi mirada hacia los edificios, esperando ver alguna muestra de curiosidad por parte de mis vecinos; si la hubo, no supe distinguirla tras las persianas cerradas. Durante un par de minutos me debatí sobre si lo mejor no sería regresar a mi casa y a mi descanso. Allí estaba la luna, una pelota rojiza, perfectamente recortada en el cielo nocturno –cualquiera puede entrar en wikipedia para una explicación del porqué, así que no voy a intentar abordar temas que ignoro más allá de un par de lecturas atentas de esos artículos– y, a pesar de su irrealidad, ya estaba vista. Podía marcharme a casa con la satisfacción del deber cumplido y suponiendo que, a fin de cuentas, había valido la pena. Sin embargo, por un momento me imaginé las reacciones de mis invitados fallidos cuando les contase mi experiencia; podría tratar de conferir algo de humorística dignidad a mi aventura, algo del tipo «Llegué, vi, volví», pero lo deseché de inmediato, visualizando las sonrisas condescendientes o el desprecio apenas velado de mis contertulios. Di un pequeño paso hacia la tierra y penetré en la avenida ajardinada más cercana a la calle Hornija, donde la frondosidad de los árboles de aquel caluroso octubre mitigaba la luz artificial. Lamentablemente, también impedía la visión de nuestro satélite. Una vez dentro del parque, lo lógico era buscar zonas de penumbra que no fueran el resultado de un techo vegetal sino de imperfecciones de la iluminación pública. Inmediatamente descubrí que el centro de la pista roja de baloncesto favorecía mis intereses, pues el alcance de las farolas que la rodeaban se atenuaba paulatinamente, apenas solapándose en algunos puntos. Me encaminé hacia allí con recelo, pues a mi mente acudían las precauciones que me habían sido insertadas sobre el lugar, pero la tranquilidad del ambiente, el silencio y la soledad que irradiaba la noche convertían la inaudita experiencia en una aventura afortunada y placentera.

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Decepcionada

por Glorika Adrowicz

He estado mirando a un enfermo. De alguna manera, ha sido una traición, quizá hasta cierto punto consentida. Lo he mirado con total apertura, permitiendo que entrara en mí sin restricciones, desde la admiración y la confianza. Le he permitido hacerse copartícipe de mi vida, copensarme en las decisiones vitales así como en las anodinas. Lo he escuchado. Sus palabras enfermas de vacío, sus estructuras engarzadas en una realidad fabulosa que él asumía incierta, ni siquiera existente en su imaginación perdida. Incluso, en ocasiones, me ha tocado, lo he tocado, hemos compartido un espacio físico, lo más sólido de esta relación; ahora comprendo el hedor, antes camuflado por ilusiones ya perdidas.

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Acciones mortales

por Elena Rincón y Glorika Adrowicz

La puerta del salón se cerró de golpe a las 3:23 de la madrugada. Gala sabía que era esa puerta, y no otra, porque la vibración del cristal central perduró unos segundos después del portazo.

Se levantó y se dirigió al salón tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a preguntarse qué podía haber cerrado esa puerta. Cuando su mano ya agarraba el picaporte que permitía acceder a la habitación más grande de la casa, recordó que esa noche estaba sola. Se asustó y, por unos instantes, permaneció detrás de la puerta dudando qué hacer. Intentó pensar con claridad. Luis, su marido, era enfermero y tenía turno de noche, por lo que era bastante improbable que hubiera sido él. «Quizá haya sido la corriente» pensó, pero no recordaba haber abierto la ventana. No dejó que el miedo la paralizara y por fin se decidió. Giró el frío picaporte y, lentamente, fue asomándose a la habitación. Recorrió con la mirada el salón escasamente iluminado, pero lo único que percibió fue un inusitado descenso de la temperatura que al instante provocó que un escalofrío recorriera toda su espalda. Los ojos de Gala se acostumbraron rápidamente a la luz de la luna, que cada vez, con mayor claridad, iba dibujando el contorno de todo lo que se encontraba en el salón. No encontrar ninguna razón aparente para que la puerta le hubiera despertado aquella noche desencadenó en ella una amarga sensación. Respiró hondo y dio dos pasos, sumergiéndose en la oscura habitación, con la intención de llegar al interruptor lo antes posible. Sin embargo, antes de alcanzar la deseada luz, algo la detuvo.

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Edén y Eva

por Glorika Adrowicz y Jomra

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Elf O’Goso

por Glorika Adrowicz

En toda la extensión de la llanura y en sus primeros cuarenta centímetros de profundidad, las lombrices continuaban con su labor, que por su parte no calificarían de altruista –ni de nada–, mejorando la calidad de aquello que ingerían hasta expulsarlo para cimentar la existencia de diversas culturas, más o menos florecientes, que se integraban como podían en tal ecosistema.

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Las piedras

Un hombre nos dijo:

-Cada uno de vosotros lleva una bolsa de piedras a la espalda.

Fingimos que no entendíamos, remoloneando por la sala.

El hombre sonrió.

-Es una metáfora: son los problemas con los que otros os cargan.

Nos miramos suspicaces; ¿se estaba burlando? ¿Qué sabía este tío? No tuvimos ni que hablar.

Le apedreamos.

Glorika Adrowicz

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Doméstico Big-Bang

por Glorika Adrowicz

I
Crece.
¡Mirad! Algo crece, sin duda.
¿Ya se puede medir?
¡Con qué instrumento!
Pero crece. El número es incierto.
¡No te detengas a mirar!
¡Creces con ello!

II
Pero no puede ser… en este punto
Seguro que fallamos…
Donde no hubo edificio…
¡Quedaron los andamios!
Andar mío, andar tuyo…
Lo que es andar, ¡andamos!

III
Y la iluminación…
Mirada evolutiva: venimos
De la sal y la sonrisa.
Y un eco marsupial sonoro y cálido
De voces concertadas y distintas.

IV
Manos trabajadoras: franquean universos
A la vertiginosa velocidad de los abrazos.

V
¡Crece!
¡Mirad! ¡Palpita! ¡Se fecunda!
¿De dónde viene toda esta energía?

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Divina Hierática (Saga Elf O’Goso, III)

por Glorika Adrowicz

Jamás un mal gesto había hecho mella en aquel rostro que tampoco se había dejado sorprender en uno bueno. Como era su derecho, había solicitado una segunda vuelta y luego un recuento de votos de la Asamblea Divina, sabedora de que no modificaría un ápice el resultado –imposible ignorar los esfuerzos que todos hacían por contener su regocijo, las toses que disimulaban las risas de los menos disciplinados–. Había aceptado su nuevo atributo como Diosa del Humor y, desde entonces, eones atrás, había emprendido la tarea cotidiana de Escucha de Plegarias y Quejas con toda la voluntad minuciosa que ponía en sus propias Plegarias, Quejas y Sugerencias al Actual Señor del Panteón –en el que no depositaba la más mínima confianza como Deidad, empeñado como estaba en sus maniobras educativas sobre los pueblos mortales de las llanuras del mundo sublunar. Podía ver al Resto de los Dioses del Panteón enfrascados en pueriles y estériles juegos, en sus chanzas apenas disimuladas cada vez que la plegaria de un alma atormentada por el anhelo de la risa buscaba su ayuda y su consuelo; aquellos espíritus celestiales habían olvidado la terrible responsabilidad que tenían frente a aquellos seres infradivinos que por casualidad los habían encontrado y reconocido como superiores; debían ser no solo un modelo de conducta, sino aun una constante aspiración, por más vana que esta fuera (un humano es un humano, al fin, si no una lombriz); el Actual Señor del Panteón, el Sagrado Escarabajo, Portacaquitas, quizá lo intuía pero era incapaz de renunciar a sus propias ideas pedagógicas, por más que ella trataba de mostrarle el camino (origen, medios y fin).

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